Ya soy viejo, he leído muchos libros, he pasado por muchas cátedras, y todavía no he podido salir de esta alternativa.
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Me dediqué con ahinco al estudio: mi cuerpo se debilitó, mis nervios se alteraron, huyó de mí la felicidad. Quise ser bueno: cada paso que daba en el camino de la virtud vigorizaba mi cuerpo, inundaba de paz mi corazón, acrecía mi dicha.
Esto me hizo pensar que yo he nacido para conocer pocas cosas y para amarlas todas.
Ignoro si a los demás les sucederá otro tanto, aunque presumo que sí.
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Vivo placenteramente en medio de la indiferencia de los que me rodean. Viviría inquieto con su admiración y su aplauso. Pero la vida me sería insoportable con su hostilidad.
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Hay hombres en los cuales lo mismo simpatía que antipatía, cariño que aversión, engendran fatalmente odio, porque no cabe otra cosa en su pecho.
Los hay en quienes tanto el amor como el odio despiertan amor, porque su alma sublime no puede vibrar con otro sentimiento.