Ambas categorías son excepcionales. En la inmensa mayoría de los hombres el amor engendra amor, y el odio, odio.
Y en este promedio vulgar se encuentra, por desgracia, este pobre hombre a quien llaman el doctor Angélico.
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Porque no voy al café ni a las librerías ni a los saloncillos de los teatros a desollar a mis amigos y compañeros me llaman misántropo. Yo pensaba que eso era ser filántropo.
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«El mundo no es más que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto de vivir», afirma Heráclito.
Ignoro si eso será el mundo, pero puedo asegurar que eso soy yo.
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Dios está en todas partes, es verdad, pero yo tengo la desgracia de no verlo más que en el alma de los seres nobles.