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«El alma se une al cuerpo sólo para contemplar la Naturaleza y conocerla—dice el filósofo indio Kapila—. Una vez adquirido este conocimiento, el alma ya nada tiene que hacer en este mundo. Puede permanecer en él como la rueda del alfarero sigue dando vueltas algún tiempo después que cesan de impulsarla; pero ya ha cumplido su destino.»

Esto será verdad para los otros; pero yo sé, hermosa mía, que sólo he nacido para unirme a ti. ¡Y si tú te murieses!... ¡Oh, entonces sí que mi vida daría vueltas sin objeto como una rueda loca!

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Sólo sentí la certidumbre cuando me he sacrificado.

Cuando ríes, veo brillar en tus ojos el amor, la felicidad y la inocencia. ¿Qué son el amor, la felicidad y la inocencia más que el mismo Dios? Cuando ríes, Dios se asoma a tus ojos, y me llevo la mano al sombrero como si exhibieran el Santísimo.

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En la fraseología religiosa de los Vedas los dioses son llamados Dêva, que en sánscrito significa brillante, por ser la luz el atributo que mejor les convenía en la imaginación de los poetas védicos. La reforma de Zoroastro hizo empalidecer el brillo de estos dioses; aún más, los obscureció por completo para dar paso a Ormuz, divinidad más pura y espiritual. En el Zend-Avesta la palabra dêva significa espíritu maligno. Los sectarios de Zarathustra miraron con horror los dioses del Rig-Veda. Pero llega al cabo la reforma del Budha, más profunda, más serena, más piadosa, y los dêvas ya no son dignos de horror, sino seres legendarios, héroes fabulosos, a quienes se mira con tranquila benevolencia, porque no son ya ni temidos ni adorados.

Tal acaeció a mi corazón. Alcé en la juventud ídolos brillantes, ante los cuales me prosterné desfallecido de amor y entusiasmo. Luego, en la edad madura, miré con horror y desprecio estos ídolos, porque mi espíritu, depurado de la sensualidad juvenil, tendía a elevarse a regiones más altas. Ahora llega ya la vejez, y, volviendo tranquilamente la vista atrás, dejo de avergonzarme de aquellos dêvas radiantes y falaces de mi juventud. Un sentimiento de piedad hacia ellos invade mi alma. Mis ojos, fatigados, se iluminan con una sonrisa, y después de contemplarlos un instante sin amor y sin miedo, los guardo de nuevo en el corazón como héroes legendarios de la aurora de mi vida.

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