Vivo contigo, y tus palabras, tus gestos, tus caprichos, tus caricias y tus cóleras brotan tan espontáneas, que vivo en éxtasis profundo, como si asistiese a la perpetua creación de un alma.
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Hay una pequeña iglesia en el ensanche de Madrid adonde suelo encaminar mis pasos cuando el sol declina. Es pequeña, recogida, solitaria. En el fondo, una estrella de luces alumbra la Sagrada Hostia. Postrado de rodillas, la adoro en silencio. Cerca de mí, a la tenue claridad, distingo algunas figuras también postradas: una señora lujosamente ataviada, un obrero, un caballero joven, otro anciano, una pobre mujer del pueblo con su cesta delante. Son los de siempre. Suena una hora en el reloj. Déjanse oir desde el coro las notas suaves de un pequeño órgano, y una voz de timbre claro, dulcísimo, eleva una plegaria al Señor. El anciano sacerdote, allá junto al altar, responde con voz apagada. Un coro entona el himno del Sacramento. El sacerdote lo exhibe con manos temblorosas. Suena la campanilla. Todo queda de nuevo en silencio. Nos alzamos; salimos del templo cuando la noche ha cerrado ya, y nos apartamos en distintas direcciones. La gran metrópoli nos traga. No nos conocemos: apenas nos vemos. Sin embargo, seres desconocidos, a la hora de mi muerte quisiera teneros al lado de mi lecho.
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«En los viajes que he realizado—dice Confucio—no he hallado ningún objeto precioso: la piedad y el amor de los padres ha sido lo único que encontré de precioso.»
Yo he hallado además otra cosa preciosa. ¿Te acuerdas de aquel beso que te robé mientras tapaba los ojos a tu hermanito?
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La hostilidad, la envidia y hasta la aversión de los hombres, manifestada en los pormenores más insignificantes de la vida, me han causado mucha pena. El único pensamiento que pudo aliviarla es el de que todos los hombres padecemos desde la cuna una enfermedad crónica, la enfermedad del yo. En unos aparece con más gravedad que en otros, pero a todos nos atormenta y amarga durante los cortos días de nuestra existencia. Los pinchazos del envidioso son caprichos de enfermo que debemos perdonar.
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Mi fe, mi esperanza y mi caridad penden de un hilo bien delgado; pero si Dios lo tiene, es bastante fuerte.