* * *

Como la aguja imantada señala al Polo Norte, así mi alma señala al bien. Pero, ¡ay!, la proximidad de una insignificante raspadura de acero la perturba y la hace cambiar de dirección.

* * *

Pasé por la vida pidiendo con afán la felicidad a cuantos tropezaba en mi camino. Como ninguno podía dármela, me enfurecía, me desesperaba, los llenaba de injurias.

A la única persona que pudiera hacerme ese favor la he dejado tranquila.

* * *

Ayer, pasando por delante de una tienda de estampas, vi en el escaparate una que representaba a Jesús yacente sobre blanco sudario. A sus pies estaban la corona de espinas y el cetro de caña.

Una mujer lujosamente ataviada, que, sin duda, quería representar a la santa María Magdalena, se inclinaba sobre él y le daba un beso apasionado en los labios.

Sentí un vivo estremecimiento de horror y de pena. Y vi como a la luz de un relámpago que mi alma no podría jamás dejar de ser cristiana.