Entré en la iglesia más próxima, me hinqué delante de una imagen del Dios-Hombre crucificado, y le dije con el corazón, más que con los labios:

—Clavaron tus manos, Señor, clavaron tus pies; pero faltaba clavar tu boca. Ya ves que también lo han hecho. Clavado a la cruz estás, y bien clavado. Gracias, Señor. Tú guiaste mis pasos para que hoy te viese en lo más profundo de tu abyección. Jamás te olvidaré ya. Ese beso maldito clavó mi alma a la tuya para siempre.

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Cuando pienso en utilitario, me digo: «Los amigos son como las ramas de los árboles: en cuanto dan la más leve señal de sequía, hay que apresurarse a podarlas para que salgan otras nuevas y mejores.»

Cuando pienso en cristiano, exclamo: «¡Tu hermano se hiela, tu hermano está en peligro; corre a salvarlo; caliéntale a tu pecho, y acaso le vuelvas a la vida!»

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Alma mía, ya que no puedes otra cosa, pon la proa al bien, que Dios se encargará de hinchar las velas.

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La razón nos conduce hasta la puerta del santuario; la virtud da la vuelta a la llave; el amor nos cierra dentro.