—¡Doña Carmen, por Dios!—respondí yo confundido—. Los seres privilegiados como usted no tienen edad.
—Ni sexo, ¿verdad?
—Sexo, sí, y el sexo arroja sobre el privilegio del talento destellos que le hacen aún más envidiable.
—Eso ya no es galantería. Veo que participa usted de la opinión corriente. Las mujeres son seres destinados a no tener sentido común. Cuando Dios les otorga un poco, hay que caer en éxtasis como delante de una maravilla.
—No he querido expresar tal cosa. Para mí los espíritus tienen sexo como los cuerpos. El talento en la mujer es más amable que en el hombre.
—¿Ama usted el talento femenino?
—Amo lo femenino en el talento.
Me había sentado frente a ella en otra butaca, y teníamos la mesa entre los dos. Doña Carmen se despojó enteramente de sus gafas y me miró con expresión de sorpresa.
—¡Cuán grande el contraste entre lo que usted dice y lo que estaba leyendo hace un instante! Schopenhauer, que es el autor de este libro, dice que somos el sexo de las caderas anchas, de los cabellos largos y las ideas cortas, y añade que en vez de llamarnos el bello sexo debieran decir el sexo inestético. Esto en cuanto a lo físico. En lo moral, asegura que la inclinación a la mentira y la picardía instintiva e invencible es lo que nos caracteriza. No perdona al Cristianismo por haber modificado el feliz estado de inferioridad en el cual la antigüedad mantenía a la mujer. Los pueblos del Oriente estaban en lo cierto y se daban mejor cuenta del papel que debe representar que nosotros con nuestra galantería y nuestra estúpida veneración, resultado del desarrollo de la historia germanocristiana... Lindos piropos los que nos echa este filósofo, ¿verdad, amigo?
—Señora, deploro que Schopenhauer haya caído en tal aberración. Es uno de los escritores que más admiro y respeto por la sinceridad y el vigor de su pensamiento. Este caso es una advertencia saludable para los que buscan la verdad en los libros, y no en su propio espíritu; porque las opiniones de los autores no sólo vienen teñidas por su temperamento físico, por inclinaciones invencibles de su ser, sino que muchas veces, y esto es lo peor, se producen determinadas por los azares de su vida.