—¿Acontece ahora lo que usted dice?
—¡Ya lo creo! Schopenhauer, hombre de razón poderosa, sincero y sin preocupación de ninguna clase, rehusa a las mujeres toda capacidad superior, las considera destinadas por la Naturaleza a vivir en perpetua domesticidad; es el sexus sequior, el sexo segundo bajo todos los aspectos, creado para mantenerse siempre aparte y en segundo término. El respeto que en la sociedad actual se le tributa es ridículo y hasta degradante. Abomina, como usted habrá visto, de la monogamia, y hace la apología del concubinato... Pues bien, Stuart Mill, hombre de razón poderosa también, y sincero, y aún más despreocupado que Schopenhauer, aboga con calor por la igualdad de los sexos, se prosterna ante la superioridad espiritual de la mujer, y la tributa un culto casi quijotesco. Pero la causa de tan encontradas opiniones es bien conocida. Schopenhauer tuvo una madre sin ternura, pedante, enloquecida por una ridícula vanidad literaria; y, como célibe y libertino, pasó toda su vida entre cortesanas. Stuart Mill, por el contrario, alcanzó la dicha de unirse a una esposa nobilísima, tierna, inteligente...
—¡Graciosísima razón!, es cosa de exclamar parodiando a Pascal, que un encuentro en una tertulia o en un teatro hace variar por completo de rumbo.
—No hay que maldecir de la razón, doña Carmen. La verdad, como está desnuda, exige que nos presentemos desnudos delante de ella para obtener sus favores.
—¡Pero lo que usted dice es una obscenidad! Gracias a que una anciana es quien le escucha—exclamó doña Carmen riendo.
—El eterno espíritu de verdad vive en nosotros. Si a Él nos entregamos de corazón, si no escuchamos la voz de nuestro yo inferior y ponemos siempre el oído a la que mora en la altura de nuestro propio ser, alcanzaremos la suprema sabiduría.
—Eso ya es demasiado sublime. Pasa usted, amigo Jiménez, de un extremo a otro en los abismos cerúleos con la velocidad del relámpago.
—Observará usted que a los hombres de genio los juzgamos los hombres sin genio, y los juzgamos con justicia, y vemos más claro que ellos. ¿No prueba esto que la verdad reside en todos?
—Probará lo que usted quiera, pero en este caso concreto estoy tentada a colocarme del lado de Schopenhauer. Abrigo bastantes dudas en lo que se refiere al talento femenino.
—¡Cómo!—exclamé, en el colmo de la sorpresa—. ¿Duda usted del talento de la mujer, usted que es una prueba viviente, irrecusable de que existe?