Doña Carmen dejó escapar un suspiro, y quedó un momento pensativa y seria.
—Sí, amigo mío; precisamente el examen imparcial y desinteresado de todo cuanto yo he producido me ha conducido al borde del desencanto. Mis obras fueron aplaudidas y celebradas más de lo justo, y lo fueron por lo mismo que soy una mujer.
—Y si hubiesen sido escritas por un hombre, igual—proferí yo impetuosamente.
Doña Carmen alzó los hombros, y respondió melancólicamente:
—No me forjo esa ilusión. Convengo en que me encuentro por encima del término medio de los que actualmente manejan la pluma, pero he respirado siempre lejos de la atmósfera en que alientan los grandes escritores... Y lo que digo de mí, lo digo de todas, absolutamente de todas mis compañeras antiguas y modernas. No se asombre usted de esta afirmación paradójica, ni la crea hija de un rapto de mal humor o de un deseo vanidoso de singularizarme. Está bien meditada. El arte no ha sido, ni es, ni será jamás, patrimonio de la mujer. Se supone que, siendo la sensibilidad la propiedad más desarrollada en el ser femenino, está llamada la mujer al cultivo del arte. Es un profundo error, desmentido por la historia del género humano. ¿Dónde está el Shakespeare, el Dante, el Cervantes o el Goethe femenino? ¿Dónde está el Miguel Angel, el Rembrandt, el Tiziano? Se citan algunas rarísimas excepciones; Safo, por ejemplo. Ignoramos el mérito de Safo. Hay que creer en él bajo la fe de las tradiciones, no siempre dignas de crédito. Los fragmentos que de ella se conservan no me parece que tienen gran valor; son gritos eróticos más que sana e inspirada poesía. En cambio, conocemos perfectamente a las literatas de nuestros tiempos...
—¿Y qué? Madame Stael...
—Madame Stael... Toda la obra literaria de madame Stael es de reflejo, y hoy la encontramos de una afectación insoportable. ¿Quién lee actualmente la Delfina y la Corina? Su talento era muy grande, pero de un orden distinto.
—¿Y madame Sand?
—Un buen estilista que no ha producido obras duraderas. Sus novelas son declamatorias, inverosímiles, sin caracteres y sin interés. Tampoco se leen actualmente.
—¡Qué dureza, doña Carmen!