—¡Ahí me duele, amigo Pareja, ahí me duele!—exclamó doña Carmen dejando escapar un suspiro—. Quizás piense usted, como todos los hombres, que, al arrebatarles esas cosas, les privamos del mayor tesoro de la existencia. Vive usted engañado. La política no es un tesoro, sino una carga. El progreso la hará cada día más ligera, pero hoy es bien pesada. La política no es algo substancial, no pertenece al fondo y a la esencia de la vida, a ese fondo divino que la presta sentido y valor. Sólo es un medio para que la Humanidad pueda gozar de ese tesoro los breves días que el Cielo nos permite alentar sobre la tierra. Al entregarnos la política, ustedes son quienes nos arrebatan el fruto verdaderamente sabroso de la existencia, nos condenan irremisiblemente a un papel secundario. El culto a la Divinidad, el arte, la ciencia, la industria, eso es lo que ennoblece la vida, no la gestión de los presupuestos ni la policía de las calles... Observen ustedes la vida de un sabio o de un artista. Si Dios les ha concedido una esposa prudente, a ella entregan la administración de sus intereses, y sus días se deslizan serenos y felices en la evocación de hermosas imágenes o en la investigación de las sublimes leyes de la Naturaleza... Ahí tienen ustedes a mi hijo... No sabe el dinero que hay en la casa, ni lo que en ella gastamos. Entregado a sus proyectos y dibujos, se ha desentendido de tal modo de todo lo demás que ni de su ropa de vestir se ocupa. ¿Querrán ustedes creer que para que se haga un traje es necesario que Raimunda llame al sastre, escoja el paño y le tomen las medidas por sorpresa? Pues eso que hacen muchos de ustedes dentro de su casa particular, con el tiempo lo harán todos dentro de la casa pública. Entonces no seremos nosotras las esclavas que se arrastran temblando a los pies de su señor, ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en el norte de América se rinde un culto que resulta irónico, esas máquinas imponentes de gastar dinero que necesitan los millonarios anglosajones para deslumbrar a la muchedumbre. Queremos solamente el papel que la providencia de Dios nos ha asignado en este mundo; la guarda de la casa y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los altos problemas de la metafísica, a sondear las profundidades de la teología, a escribir poemas inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos inmortales, a conquistar las fuerzas de la Naturaleza y hacerlas esclavas sumisas de nuestro bienestar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacienda, a perseguir a los malvados, a recompensar a los buenos, a dar a cada uno lo que le pertenece, a limpiar de abrojos el camino del sabio, del explorador y del artista. Para vosotros, el goce inefable de la conquista; para nosotras, el trabajo y el peligro sin la gloria. Una bella aurora luce en el horizonte. El eje del mundo, desviado de sus polos diamantinos, se endereza. La claridad desciende al cabo del cielo, y una felicidad desconocida inunda a los mortales. Un nuevo imperio se descubre a nuestra vista, el imperio de la paz y la justicia. Luchemos hasta morir por conseguirlo; esperemos que el Espíritu de Infinita Paz nos lo conceda...
Doña Carmen se interrumpió súbitamente, y sus ojos, que parecían arrobados en delicioso éxtasis, cambiaron de expresión. Comprendí la causa, porque los míos no se habían apartado desde hacía algún tiempo del conde de Sobeyana. Le había visto estrechar la distancia que le separaba de Raimunda, había observado sus miradas insistentes y las palabras que en voz baja le dirigía alguna vez, como si quisiera trabar íntima conversación con ella. Por fin, le vi extender el brazo, apoyarlo en el respaldo de la butaquita donde la hermosa nuera de la poetisa se sentaba, y acercar demasiadamente la mano a su cabeza.
Raimunda no parecía darse cuenta de tal asedio galante. El caso no era raro tratándose de aquella Juno colosal, cuya alma se paseaba demasiado a sus anchas por el cuerpo.
Por fin, creí notar que el conde rozaba con sus dedos los cabellos de la joven, y temblé pensando que su marido, que se hallaba del otro lado, podía volver hacia allí los ojos y observarlo. Era mucha la osadía de aquel hombre.
Pero aun fué mayor. Hábil y rápidamente, como un perfecto escamoteador, vi que tiraba de un peinecillo de concha que sujetaba por detrás los cabellos de la hermosa, lo tenía un instante entre los dedos, y lo metía con pasmoso disimulo en el bolsillo. Esto fué lo que hizo cambiar de expresión instantáneamente los ojos de doña Carmen. Raimunda sintió que el adorno se le desprendía de la cabeza, se incorporó, y se llevó la mano a ella, exclamando en voz baja:
—¡Se me ha caído un peinecillo!
Se puso en pie, corrió la butaca y comenzó a buscar.
—No lo busques: ya parecerá mañana—dijo doña Carmen con voz un poco cambiada.
—¿Por qué no? Si debe de estar aquí. En este momento se me ha caído.
Su marido se puso en pie para ayudarla. Otro tanto hicieron el conde, don Sinibaldo y Pareja. Yo les imité, y comenzamos a buscar encendiendo cerillas.