—No muevan ustedes las sillas. ¡Si tiene que estar aquí! ¡Qué cosa más extraña!—repetía Raimunda.
—Déjalo, hija mía. Esos señores se están molestando. Ya parecerá después—dijo doña Carmen, cuyo rostro había empalidecido.
—Es que si lo pisan, se romperá, de seguro, y es un regalo que me ha hecho Felipe hace unos días.
—Bueno, ya te regalará otro.
—Si ha caído, aquí tiene que estar. No es un objeto tan pequeño para ocultarse en el pelo de la alfombra—profirió Felipe en tono desabrido que me hizo temblar.
Seguíamos buscando, y comenzaba a invadirnos a todos un extraño malestar. El rostro de doña Carmen se iba poniendo cada vez más pálido, y sus ojos expresaban una viva inquietud. Vi que el de su hijo se iba obscureciendo, y temí las consecuencias. Por un impulso irreflexivo me incliné hacia el conde, que aparentaba buscar con el mayor afán, y le dije en voz muy baja, pero en tono imperativo:
—Déme usted ese peinecillo.
Le vi ponerse pálido también, llevó la mano al bolsillo, y dejó en el suelo el objeto que buscábamos. Yo me apoderé de él, y exclamé enderezándome:
—¡Ya pareció!
Celebróse el hallazgo, y los semblantes de doña Carmen y su hijo se serenaron. Prosiguió la conversación, pero yo me despedí por si el conde quería seguirme y exigirme satisfacción del atrevimiento. Felizmente, no lo hizo. Sin duda, comprendió que yo no había tenido intención de ofenderle, sino de evitar a aquella familia y a él mismo un disgusto. Al despedirme, doña Carmen me apretó con fuerza la mano.