Yo empecé á mirarle con recelo.
—Por medio de este aparato que aquí ves—continuó—y al cual yo, haciendo de Providencia, me encargo de dar cuerda cada ocho días, estas esferas giran acompasadas y en orden eternal—como decís los literatos—las unas en torno de las otras. Los insectos que las pueblan están acostumbrados, porque han nacido aquí, a que el sol luzca doce horas seguidas. Yo me encargo de apagarle cuando acabo de cenar, y entonces enciendo estas estrellitas, que son unas cuantas bombillas de diferente color. Yo los alimento, los limpio, les refresco la vivienda cuando hace falta, o se la caliento... En fin, soy un Dios mucho más benévolo que el nuestro.
Empecé a mirarle con más recelo aún.
—Pero esta vida tranquila y feliz no puede durar eternamente, porque te repito que eso de las leyes eternas es una guasa. Soy un Dios benévolo en la apariencia, malo en el fondo, que les tiene preparada una sorpresa dolorosa, como a nosotros el nuestro, si hemos de dar crédito a San Juan Evangelista. El día menos pensado...
Quedó unos instantes suspenso, y sus ojos comenzaron a girar de extraña manera.
—¡Ese día ha llegado!—prorrumpió al fin con acento solemne—. Yo, que soy su Dios, así lo quiero. Empecemos por los signos precursores.
Y acto continuo, por medio de adecuada manipulación, hizo que las esferas comenzasen a girar en sentido contrario.
—¡Qué asombro el de estos pequeños seres—exclamó—al observar que el sol camina hacia su levante! Pero aún lo será mayor ahora.
Y por medio de otra manipulación hizo que las esferas se moviesen como péndulos, en vez de girar circularmente.
—¡Adiós ley de la gravedad!—profirió soltando una gran carcajada.