Yo me hallaba cada vez más desconfiado, y con unas ganas horribles de marcharme.

—¡Pero esto no es nada!... Ahora van a ver estos pequeños mortales cosas mucho más asombrosas.

Apagó repentinamente el foco del globo y, después de una pausa, encendió otro de un color rojo subido. A su lado encendió otros focos del mismo color.

—¡El cielo toma un color de sangre! ¡Se acerca el fin del mundo!

Inmediatamente hizo chocar uno de estos globos contra otro, y lo redujo a polvo.

—¡Comienza el cataclismo!... En este momento se hacen rogativas entre los escarabajos para desviar de su cabeza la cólera del Eterno... Pero el Eterno no quiere; ¿lo oís bien? ¡El Eterno no quiere!—exclamó a grandes gritos—. El Eterno quiere pulverizaros, en castigo de vuestros pecados...

Hizo estallar otro globo, y después otro y otro, y así sucesivamente.

—¡El cielo ya no es más que un montón de ruinas, un caos! El Creador reduce a la nada lo que de la nada ha sacado... Ahora os toca a vosotros, miserables pigmeos, que habéis osado muchas veces dudar de la omnipotencia divina y blasfemar de mi providencia. ¡Ahora os toca a vosotros!

Yo estaba aterrado, y dirigí una mirada de angustia a la puerta, que, afortunadamente, no estaba lejos.

—¡El ángel del Señor se va a encargar de destruiros!