—Pero ¿cómo amar a Dios, Jiménez, suponiéndole autor o causa de nuestros dolores?

—Esa es la pregunta que acude a los labios de todo el que no siente el amor de Dios. ¿No es posible amar a lo que es causa de algún dolor? Entonces, ¿por qué se ama a un hijo inválido, que desde su nacimiento no ha causado a su padre más que constante aflicción, noches en vela y lágrimas abundantes? ¿No suelen decir sus padres que porque les ha hecho verter tantas lágrimas, por eso le aman? Estudia el amor en todas sus manifestaciones, desde la más alta a la más baja, y te penetrarás de que siempre va acompañado de la idea de sacrificio, esto es, de una negación, pequeña o grande, de nuestra individualidad. El ser amado, llámese esposa, o hijo, o amigo, exige siempre esta negación.

—Mas esos seres amados, aunque son causa de nuestros dolores, no son causa voluntaria.

—También pueden serlo. Véamoslo. Un padre envía voluntariamente a su hijo a lejanas tierras, y le obliga a permanecer allí trabajando algunos años. Sufre el padre y sufre el hijo con esta separación, pero, lejos de enfriarse su amor, crece y se afirma. Para que el amor se afirme, ¿será inevitable la separación? Esta pregunta envuelve un profundo problema metafísico, que, siendo la base del Cristianismo, es al propio tiempo la clave y la razón de la existencia del Universo. Por último, aparece la grave y suprema objeción de que hablamos otro día. Si Dios existe, puede habernos hecho felices desde luego. ¿Por qué no lo ha hecho? Antes de preguntarlo debiéramos saber qué es o en qué consiste la felicidad. La experiencia nos la presenta siempre como la satisfacción de una necesidad. De tal suerte, que si todas ellas, inmediatamente sentidas y transformadas por el alma en deseos, fuesen satisfechas, seríamos felices. Pero la necesidad es un dolor. Luego para conocer la felicidad es necesario conocer el dolor. O lo que es igual, para ser felices precisa ser antes desgraciados. Toda nuestra existencia temporal es así. Para gozar la suprema felicidad, o sea la unión con Dios, es necesario estar antes separados de Dios... Sumerge una mirada profunda en el océano de nuestros males. ¡Penetra dentro!, ¡muy adentro!, ¡más adentro todavía! Entonces percibirás que nuestros males tienen su causa en una separación, una misteriosa separación que es el misterio de los misterios, la separación del individuo y del Unico. La verdadera desgracia del hombre es no ser Dios. Pero Dios concluye con nuestra desgracia sumándonos a su felicidad. No nos hace felices de una vez, porque esto concluiría también de una vez con nuestra felicidad, sino felices eternamente. ¡Medita y saborea esta palabra! El Unico no quiere la separación: es el individuo quien la quiere; es el individuo quien se encarga de ensanchar cada vez más el abismo entre él y Dios...

Permanecí silencioso meditando como él me pedía. Aquellas palabras despertaron el enjambre de pensamientos que dormitaban hacía tiempo en mi cerebro, apercibidos a salir al menor toque. Comenzaron a revolotear por él furiosamente, se cruzaban, se atropellaban y se combatían. Marchaba, sin embargo, tranquilamente. Jiménez, a mi lado, parecía que me observaba con el rabillo del ojo. Una paz extraordinaria, una dulzura penetrante y deliciosa reinaba en aquel momento en el ambiente.

De pronto las campanas de la iglesia del barrio sonaron suaves y melancólicas con el toque de la oración. Jiménez se despojó del sombrero y avanzó algunos pasos delante de mí. Comprendí que iba orando, y no le interrumpí. Pocos minutos después nos hallábamos frente a la verja del jardín de su hotelito. Era éste, si no lujoso, elegante y cómodo. Las flores estaban cuidadas con esmero; había también algunos árboles crecidos en el jardín, y en uno de los rincones un bello cenador guarnecido de viña virgen y madreselva. Jiménez tenía por servidumbre un ama de gobierno, una cocinera y un criado.

Antes de tirar de la cadenita de la campanilla me invitó para que entrase a descansar un rato. Acepté de buen grado, porque me hallaba hondamente preocupado y aspiraba a obtener de él algunas ideas y explicaciones de las cuales estaba, en verdad, necesitado. No quise, sin embargo, entrar en la casa; preferí que nos sentásemos unos momentos en el cenador. Entonces Jiménez hizo que el criado nos trajese una botella de cerveza, y nos sentamos cómodamente en unos sillones rústicos de mimbre a la mesa de piedra que allí había. Mi amigo sacó un cigarro, y me ofreció otro diciendo:

—El médico me prohibe fumar; pero hoy he ganado bien este cigarrillo, ¿no te parece?

—¡Ya, ya!—repuse yo distraído; y entrando sin preámbulos en materia, en la materia que ocupaba mi mente en aquel instante, comencé a decir lentamente, sin mirarle a la cara—: Allá en los comienzos del siglo pasado, al cual tú y yo tenemos la honra de pertenecer, apareció en Francia una escuela de poetas o de cristianos sentimentales. Estos poetas, a cuyo frente se hallaba el célebre Chateaubriand, por la nobleza del sentimiento y por la elevación del espíritu, tanto como por la brillantez de su estilo, despertaron en su tiempo férvidos entusiasmos, y aun hoy merecen, en mi opinión, el sufragio de la posteridad. Pero el Cristianismo de que estaban empapados sus poemas y novelas, a ciertos críticos descontentadizos les parecía sobrado dulzón y teatral; y como en muchos de estos poemas y novelas se echaba mano del recurso de las campanas sonando en la campiña en la hora del crepúsculo, dió en llamarse a su religión la religión de las campanas.

—¡Te veo, amigo, te veo!—exclamó Jiménez riendo.