Permaneció luego unos instantes silencioso, dió algunos profundos chupetones al cigarro, y comenzó a hablar de esta manera:

—Desde que Rousseau, por boca del Vicario saboyano, ha dicho: «Dios no pide otro culto que el del corazón; no quiere ser adorado más que en espíritu y en verdad; no se cuida ni de las vestiduras del sacerdote, ni de las palabras, ni de los gestos, ni de las genuflexiones; el culto externo es puramente un asunto de policía», no han cesado de repetirse las mismas ideas en una o en otra forma, engendrando otra escuela frente a la que tú mencionas, y que ha sido llamada la escuela de la religión natural. Quiero creer que todos los que la siguen proceden con absoluta buena fe. Yo mismo he repetido muchas veces esas ideas, y no me remuerde la conciencia de haber faltado a la sinceridad. Pero al cabo he llegado a persuadirme de que casi ninguno de los que así hablan, empezando por Rousseau y concluyendo por mí, han dedicado a Dios el culto del corazón, le han adorado en espíritu y en verdad, como aquél aconseja. Prescindimos del culto externo, pero no practicamos tampoco el interno. Sólo nos acordamos de Dios cuando tenemos que hablar de Él, o acaso cuando nos aflige alguna desgracia. Esto me hizo dudar si lo que manifestaba el famoso vicario sería toda la verdad, o nada más que una parte. El culto externo, en efecto, parece algo material y, por tanto, indigno de la Divinidad. Pero ¿hay algo en el hombre que no se exprese de un modo material? Cierto que la existencia de Dios se nos revela en la conciencia, pero esta conciencia, ¿existiría sin nuestro cuerpo, esto es, si no fuésemos individuos, partes separadas del todo? El Universo entero no es más que el símbolo infinito que oculta una verdad infinita. De esto se deduce que el símbolo penetra en toda la existencia, como que es el fondo mismo de ella. El saludo que hago en la calle a un amigo, ya le dirija una sonrisa, o le diga adiós con la mano, o le quite el sombrero, no es, en la apariencia, más que un acto corporal, un movimiento de la materia; pero este movimiento es el revelador necesario de un estado de amor, de amistad o de respeto en mi alma.

—Dios no necesita revelador, porque aprecia directamente el estado de tu alma.

—Pero si Dios no lo necesita, lo necesito yo; lo necesitan los demás para vivir unidos a mí en una creencia. Si no exteriorizásemos lo que pasa por nuestra conciencia seríamos espíritus puros; el Universo dejaría de existir. Esto sucederá el día en que rompamos las cadenas con que el tiempo y el espacio nos tienen sujetos. Mientras permanezcamos en ellas, nuestros actos obedecerán a la ley del símbolo que preside a la existencia. Por otra parte, siendo el hombre un ser espiritual y corporal a la vez, y llevando cada uno de sus actos el sello de ambas procedencias, nadie ignora la influencia que ejercen unos sobre otros. El espíritu ordena..., pero el cuerpo también. Para que la calma renazca en nuestra alma agitada basta muchas veces adoptar una posición cómoda y tranquila y permanecer en ella algún tiempo. Para agitarnos y enfurecernos repentinamente sólo es necesario ejecutar algunos movimientos corporales violentos y descompasados. Del mismo modo, sólo los que han pasado por ello se dan cuenta de lo que influyen los actos corporales del culto externo en la animación de nuestros sentimientos piadosos. Esos que sonríen y exclaman: «¿para qué?», cuando ven a un hombre besar con éxtasis los pies de un crucifijo de madera o tocar con la frente en el suelo al levantarse la Hostia santa en el templo, ¿no han abierto jamás con mano trémula el cajón donde se guardan los recuerdos de un ser querido?, ¿no los han besado repetidas veces?, ¿no los han mojado con sus lágrimas?... ¿Para qué? Ni esos pedazos de lienzo o de oro significan nada por sí mismos, ni el ser adorado a quien pertenecieron puede escuchar ya sus besos... Si este mundo es, pues, un puro símbolo de algo mucho más alto, ¡déjame, déjame que en las horas de angustia me abrace a un crucifijo de madera, déjame que allá en el campo el tañido de una campana me haga llevar la mano al sombrero y me acuerde de Dios!

Jiménez había dejado caer el cigarro al suelo; sus ojos brillaban; sus pálidas mejillas se habían teñido de carmín. Repuesto instantáneamente, prosiguió con calma:

—La vida es un combate: no ese combate bestial de que tanto se habla, y que, más que lucha por la vida, debiera llamarse lucha por la muerte. Hablo del combate por el bien, que es la verdadera vida del hombre. Es, más que combate, una liberación, una ascensión, la conquista del cielo. Todo hombre aspira, consciente o inconscientemente, a despojar su ser espiritual de la piel de la bestia. Así como al poner el oído al tronco del árbol en la época propicia escuchamos los repetidos golpes de la crisálida, que trabaja anhelante por salir a la luz transformada en mariposa, así los habitantes del cielo escuchan el buceo de nuestra alma, que se remueve buscando la luz. La Humanidad sale algunas veces de la onda obscura y baña su frente con los rayos de la belleza y el bien, pero, ¡ay!, no tarda en sumergirse de nuevo. Quiero decir que su ascensión no es continua. «El mundo—decía Goethe en los últimos años de su vida a su confidente Eckermann—no debe alcanzar su objeto tan pronto como lo pensamos y lo deseamos. La Humanidad jamás dejará de encontrar obstáculos que la embaracen y miserias que la impidan desenvolver sus fuerzas. Llegará a ser más prudente, más sabia, pero mejor y más feliz, eso no lo esperemos más que por momentos.» Así hablaba el gran optimista de los tiempos modernos.

—He leído, doctor, que el feto humano recorre en el claustro materno todas las etapas de la animalidad, o, como expresan los naturalistas, «la ontogenia no es más que un resumen de la filogenia». ¿Sucederá algo análogo por lo que se refiere a nuestro ser espiritual? El hombre, en los primeros años de su infancia, es un ser en quien obran solamente las fuerzas generales de la Naturaleza. Cuando se desprende del mundo exterior y afirma su personalidad, lucha irreflexivamente por alcanzar todo lo que cree adecuado para su existencia; apetece los espectáculos, los ejercicios corporales, ama la Naturaleza y el Arte. El enigma de su ser se le aparece envuelto en sueños poéticos, con cierta misteriosa sensualidad. Con la juventud llega el amor, y a menudo éste le arrastra a la depravación. En la edad madura ama el dinero, para obtener con él las comodidades y el lujo, y satisfacer la pasión más irresistible de su ser, la que compendia y resume de una vez la afirmación de la vida, la pasión de la dominación... Pero asoma al cabo la vejez, y entonces se convence de que la dicha es imposible en este mundo. Aquella afirmación, a la cual se asía con todas las fuerzas de su cuerpo y de su alma, no tiene otro paradero que la tristeza, la debilidad y, por fin, la muerte. Los seres vulgares luchan todavía, se desesperan y se rinden al cabo estúpidamente. Los espíritus elevados comprenden que han errado el camino, vuelven los pasos atrás, se niegan a sí mismos, y afirman a Dios como única raíz de su existencia... Estas mismas etapas, que todo hombre recorre, son las de la Humanidad. Cualquiera puede convencerse leyendo su historia. Hoy parece que el género humano sale de la juventud y entra en la madurez. Quiere gozarlo todo, y acude a la ciencia, al industrialismo, a la diplomacia. Acaso dentro de algunos centenares o millares de años, convencido de que no ha dado un paso en el camino de la dicha, se produzca una gran reacción religiosa, esto es, acuda al centro de toda vida y toda felicidad, y concluya santificándose.

—No es una pura fantasía de tu mente lo que acabas de decir. Hay en ello mucho de cierto, pero hay también bastante de falso. La idea que acabas de verter es un teorema que da por sentado el axioma de la fatalidad. El desenvolvimiento del hombre es necesario en tal sentido; el de la Humanidad, lo mismo. Al hablar así, acaso no te des cuenta de que proscribes la libertad, aún más, de que la asestas un golpe mortal. Volvemos al fatum inflexible de la antigüedad pagana. No puede ser. La moral del Destino ha expirado el día en que nació Jesús. La libertad es nuestro patrimonio, constituye la esencia misma del hombre, sin ella no existiría la Humanidad. Ni el hombre sigue esas etapas inflexiblemente, ni la Humanidad tampoco. Hay muchos hombres, en efecto, que sólo se desengañan en la vejez, pero los hay también que convierten su corazón en la edad madura, y también quienes parecen nacer ya desengañados, y desde su infancia apartan su espíritu de las cosas efímeras y se dirigen a las eternas. Y en la historia del género humano hay épocas en que éste se acerca más a Dios, y respira su vida infinita, y goza de su felicidad, y las hay en que se aparta voluntariamente de Él, marcha apresuradamente hacia la nada, y se siente desgraciado. Porque cuando la Humanidad pierde de vista el centro de su existencia y, obedeciendo a la fuerza centrífuga, se aleja del sol que la ilumina, por más que haya alcanzado un alto grado de civilización, y haya sometido a su imperio las fuerzas de la Naturaleza, y se embriague con una actividad febril, y parezca gozar de sus conquistas, en el fondo se siente desgraciada. Sospecho que durante la Edad Media los hombres fueron más felices en Europa que en la edad presente... ¿Te asombras? Pues eres el último que debiera hacerlo porque te he oído algunas veces decir que si se inventase un termómetro o graduador que, introducido por la boca de los hombres, acusase exactamente el grado de su dicha, se observarían cosas que nos dejarían estupefactos. Tal hombre rico, joven y robusto, no haría subir la columna termométrica hasta el cero; tal otro, mendigo andrajoso, la mantendría muchos grados por encima. Pues bien, la Humanidad, durante la Edad Media, es con respecto a nosotros un mendigo andrajoso; carecía de toda comodidad para la vida del cuerpo, se hallaba expuesta constantemente, como el mendigo, a las inclemencias de la Naturaleza y de los hombres..., pero tenía la fe. No todos la tenían, porque ya creo haberte dicho que la mayoría de los hombres ha sido, es y acaso sea siempre, sensualista; mas aquellos en quienes había prendido, la poseían plenamente y la gozaban. Y la alegría de la fe, querido amigo, no puede compararse con ninguna otra; «si los hombres de mundo la sospechasen—dice el Kempis—, se estremecerían de envidia»... Tienes razón, sin embargo, al afirmar que el pecado ha llegado en la época actual a su período de madurez. En épocas anteriores, en los pueblos antiguos y también en la Edad Media reinaba la violencia, pero a su lado reinaba el heroísmo. El hombre era un niño no desprendido bien todavía de la Naturaleza. La fuerza sorda de la animalidad le tenía sumergido en una atmósfera espesa de pecado y miseria. Pero luchaba ardientemente por salir de ella; alguna vez asomaba la cabeza, sentía alegría, y entonaba el cántico sublime del espíritu emancipado. Ahora el hombre no es mejor. El hombre, en la edad madura, no mejora generalmente; se hace más cobarde. El egoísmo impera como nunca, pero se ha hecho más refinado, más hipócrita. Conocemos la verdad, nos hemos asomado a la luz, pero nos volvemos voluntaria y complacientemente a sumergir en la atmósfera espesa del pecado. Ésta, sin embargo, no es una etapa fatal de la Humanidad, como pretendes. Yo también he vivido deslumbrado por esas grandes síntesis que nos daban nuestros maestros en la cátedra y que se admiran en algunos libros que han alcanzado inmensa boga. No hay duda que son seductoras, que nos ahorran el trabajo de pensar más en nuestra suerte, que las hay para todos los gustos, unas materialistas, otras idealistas, furiosamente reaccionarias y desesperadamente anarquistas; en unas se nombra la Providencia, en otras la vida integral o la felicidad del género humano; de todos modos, es la fatalidad quien preside a la marcha del género humano: la libertad del hombre desaparece. Desde el momento en que nuestro destino se halla trazado de antemano, no hay más que lanzarse a la corriente y dejar que las cosas paren donde deben parar... Por fortuna, mi cerebro ha vivido poco tiempo de esas síntesis. Pronto he comprendido que, a pesar de su idealismo aparente, nos precipitan en el panteísmo, y más tarde en el pesimismo. La esencia de la Humanidad es la libertad, y el mismo Dios no prevé sus destinos en el tiempo: lo que hace es verlos en la actualidad, porque el Ser Supremo se halla por encima del tiempo. La Humanidad, como el hombre, puede subir y bajar o estacionarse, empeora unas veces, otras mejora, se eleva, se degrada, y, al fin, puede salvarse, pero puede también condenarse.

—Entonces, ¿para qué ha servido la sangre de Cristo?

—La sangre de Cristo nos da la posibilidad de salvarnos, pero no nos da la seguridad de salvarnos.