—Conozco otros casos más curiosos aún del concepto del amor divino. Oí contar que allá en la isla de Cuba un sacerdote, al instruir a los negros en la doctrina cristiana, tratando de acomodarse a su rudísima inteligencia, les decía: «Escuchad, hijos míos: Dios es muy bueno, y en el cielo los pobrecitos negros no trabajan, viven contentos, nadie les azota y comen tocino. El diablo es muy malo, y en el infierno el trabajo es mucho más duro que aquí, se les azota con varillas de hierro, se les quema la carne con carbones encendidos y se les da una ración muy corta de harina de maíz. De suerte, amados hijos, que ¿dónde quisiérais ir mejor, al cielo o al infierno?» Y los negros respondían a coro: «¡Queremos tocino!»... Otro ejemplo. Aquí no se trata de infelices negros, sino de una persona de gran categoría. Existía en Madrid hace algunos años una condesa ya vieja, a quien acompañaba constantemente un sacerdote. Y manifestaba a sus íntimos que mantenía a este clérigo y le asignaba un pequeño sueldo para que, si la muerte la sobrecogiese, hubiera a su lado quien le diese la absolución de sus pecados. Y exclamaba con lástima alzando los ojos al cielo: «¡Dios mío, no comprendo cómo hay personas de buena posición y tan avaras que por tres pesetas cincuenta céntimos diarios se exponen a ir al infierno!»... Otro ejemplo todavía. Y aquí ya no se trata ni de seres rudimentarios ni de ricos egoístas, sino de una mujer excepcional por su alta inteligencia. Hace poco leía en una novela de Jorge Sand estas palabras edificantes que una esposa infiel dirigía a su amante: «¡Oh, mi querido Octavio!, jamás dormiremos una noche juntos sin arrodillarnos antes y orar por Santiago.» Este Santiago era el esposo engañado.
—¡Gracioso!, ¡gracioso de verdad!—exclamó Jiménez soltando una carcajada—. Se había hecho a Dios soberbio, susceptible, estúpido, cruel, sobornable y hasta almacenista de comestibles. Estaba reservado a la famosa novelista el hacerlo alcahuete.
Se puso grave al fin, y profirió con firmeza:
—No hay más que una oración. Esta oración es la espiritual, la que se resume en una petición de fuerza para obrar el bien. Pedir que la voluntad de Dios se cumpla, porque sabemos que esta voluntad es idéntica al bien; pedir que por esta razón el nombre de Dios sea santificado; pedir el sustento corporal necesario para trabajar por el advenimiento del reino de Dios sobre la tierra; pedir el perdón de nuestros pecados y que nos libre del mal: he aquí la substancia de toda nuestra conversación con el Altísimo.
—Pero ¿cómo pensar, Jiménez, que los planes divinos se modifiquen por nuestras peticiones? ¿No es un puro antropomorfismo suponer que Dios está esperando nuestra ofrenda para decidirse a obrar en un sentido o en otro? ¿Por ventura Dios ha dejado en suspenso su obra? ¿No es eterna su voluntad? ¿No es invariable? Desde el comienzo del mundo todo está fijado, y no nos pertenece a nosotros, miserables criaturas, la facultad de alterar el curso de la voluntad divina.
—El mundo ha sido creado y se conserva por la fuerza omnipotente de Dios. Si esta fuerza le pudiera faltar, el mundo volvería en el mismo instante a la nada. Pues bien, desde el comienzo del mundo está para siempre fijado también que las criaturas libres creadas por Dios, uniéndose a Él, se unen a su fuerza y participan de ella. No se trata, como supones, de hacer cambiar por medio de la oración el curso de los sucesos, sino de ver en ellos el curso mismo de la voluntad divina, aceptarla y amarla cual si fuese nuestra propia voluntad. Y en realidad lo es. El hombre santo es el que identifica su querer con el de Dios. Desde este momento queda libre ya de todo mal, se deifica y pone un pie en la eternidad.
—Vamos a cuentas, sin embargo, doctor, y no seamos hipócritas con nosotros mismos. En resumen, lo que pedimos siempre en nuestras oraciones es nuestra felicidad. Ya sea por medio de los goces corporales, ya por virtud de los éxtasis místicos, ansiamos obtener la dicha. Nuestro individuo asoma siempre la cabeza; el fondo de todo, absolutamente de todo en el mundo, es el egoísmo.
Tardó algunos instantes en responder Jiménez: luego dijo con la vista fija en la mesa:
—Es una objeción ésta que jamás ha dejado ni dejará de hacerse un hombre sincero. Ese fantasma sarcástico y cruel que tú evocas, también lo he evocado yo, y me ha causado en la vida vivos tormentos. Cuando en otro tiempo doblaba las rodillas, y me ponía en oración, solía sentarse a mi lado. Era un pálido demonio de ojos penetrantes. Mientras duraba la plegaria no los apartaba de mí. Y unas veces aquellos ojos de indescriptible fulgor expresaban hondo y provocativo regocijo, otras una compasión infinita. Al levantarme me ponía su mano descarnada sobre el hombro, y me decía en voz apenas perceptible: «¿Sabes lo que has hecho?» «Sí; elevé mi corazón a Dios.» «Y ¿sabes por qué lo has hecho?» «Porque deseo ser bueno.» «Y ¿sabes por qué deseas ser bueno?» «Porque ésa es la aspiración profunda de mi alma; porque sólo siendo bueno podré unirme a Dios en la hora de la muerte.» Los ojos de aquel diablo chispeaban maliciosamente, y sus labios se plegaban con sonrisa desdeñosa. «Eres un hipócrita, o, por lo menos, tratas de engañarte a ti mismo. Escruta los senos más recónditos de tu alma, y dime sinceramente si en esa tu oración no hay un deseo egoísta. La Naturaleza te ha dotado de un sistema nervioso excesivamente delicado. Tienes un temperamento reflexivo y ardoroso a la vez. Quieres descubrir el enigma de la existencia, como todos los hombres que se inclinan a la meditación; pero tu querer es violento, mordaz, rabioso. La duda no sólo te causa tormentos morales, sino físicos. Apeteces con ansia el reposo, y por un acto de voluntad, no de inteligencia, afirmas a Dios, en quien piensas hallarlo. Cuando crees, pues, unirte a Dios místicamente, obedeces a un grosero instinto de conservación. Por otra parte, los sentimientos dulces de piedad y de amor a que la religión os invita, cuadran admirablemente a tu naturaleza sensible. Fuera de ellos te sería imposible encontrar felicidad ni sosiego. ¿Qué hay, pues, en tus oraciones y en tus lágrimas de arrepentimiento que no sea el amor de ti mismo, un deseo vivo de conservarte y de ser feliz?» Estas crueles palabras contristaban mi alma. Alzábame turbado y confuso; vivía después en perpetua inquietud; nada me aprovechaban las pobres oraciones que elevaba al cielo. Pero llegó un día en que osé rebelarme. Alcé la frente, y miré cara a cara a aquel despiadado demonio. Y, poseído de una cólera que hacía vibrar todo mi cuerpo, le dije: «Tienes razón, sí. Quiero mi felicidad. Por ventura, ¿no la quiere Dios también? El interés personal es un sentimiento que ni Dios mismo puede arrancar de nuestra alma mientras exista, porque es, en último término, lo que constituye su ser. Suprimir el interés, el anhelo de la dicha, es suprimir la misma forma individual. Y esto puede apetecerlo un brahmán o un budhista, no el cristiano. En la doctrina evangélica, que es la palabra de Dios, no se habla de semejante supresión. Lo que he visto es una dislocación del interés. Cristo nos ordena cifrar nuestro interés en otra cosa que en la satisfacción de los apetitos carnales, porque la carne no es la esencia de nuestra persona. Los animales son carne, tienen forma corporal, pero no son personas. La intensidad de la nuestra se halla en razón directa del grado de espiritualidad que hayamos alcanzado. San Francisco, abrasado en el amor divino, es más hombre, tiene más personalidad que su padre, negociante abrasado de codicia. Dios, en el Evangelio, no nos exige que renunciemos a nuestra felicidad; al contrario, nos intima a que la busquemos con todas las fuerzas de nuestro ser. Lo único que nos dice es que no la busquemos en los goces efímeros del mundo, en la satisfacción de nuestras mezquinas pasiones, porque no la hallaremos. Y ésta es una verdad tan evidente que no hay hombre en el mundo, cristiano o no cristiano, que, al cabo, no la reconozca en el fondo de su corazón. Para dar a nuestra felicidad una base firme es preciso colocarla en lo único que existe firme. ¡Razón tienes, sí! El desinterés no existe. Cuando me dices que ser desinteresado es no tener más que un interés ideal, y que el que se sacrifica es el que subordina todo a una voluntad, a una pasión, estás en lo cierto. Es cierto, sí, que toda pasión es interior, y, por tanto, no hay acto alguno que pueda llamarse totalmente desinteresado. Pero el fin de la pasión unas veces es interior, cuando lo constituye el sujeto mismo, esto es, su goce exclusivo, individual; otras veces es exterior, cuando lo constituye un ideal independiente, Dios, la Humanidad, la ciencia, etc. Y entonces es cuando puede llamarse el hombre desinteresado. Cuando oro, pues, cuando aspiro con ansia a la bondad y a la santidad, no dejo de amar mi bien y, si tú quieres, mi persona. Mas, por lo mismo que la amo, no quiero dedicarla a la muerte. Quiero ensancharla más y más; aspiro a hacerla vivir en la Eternidad. Para ello no veo otro camino que el que Jesús me ha trazado con su palabra y con su vida: el amor de Dios y del prójimo.» Desde aquel día el fantasma no vino ya a sentarse a mi lado.
—De todos modos, doctor, cuesta trabajo pensar que esta Naturaleza, donde todo se halla fatalmente determinado, pueda alterarse por nuestro deseo, o que por la oración cambien los designios de Dios.