—Ya te he dicho que por la oración no se trata de cambiar los designios de Dios. Dios, creándonos libres, nos ha hecho partícipes de su poder, quiere que «seamos obreros con Él», como afirma el apóstol San Pablo. Lo mismo cuando oramos que cuando trabajamos no modificamos sus planes, sino que los cumplimos. Así como al aplicar nuestra actividad a la Naturaleza no alteramos sus leyes, sino que las aprovechamos, de igual modo cuando oramos no cambiamos la voluntad de Dios, sino que bebemos la fuerza en la fuente de donde mana. La oración es un poder, y todos los hombres tienen el instinto de la oración, como tienen el instinto de la eficacia de su actividad. Es cierto que hay muchos hombres que no oran, como los hay también que no trabajan, pero no debemos dudar que el hombre está organizado para la oración, como lo está para el trabajo.

—Pero si el hombre se halla dotado de ese poder, como afirmas, si puede ponerse en comunicación directa con Dios, y de El extraer la fuerza que necesita, entonces la mediación de Jesucristo, en quien crees, resulta inútil.

—Has puesto el dedo en nuestra llaga—replicó sonriendo—, que es, al mismo tiempo, la llaga de Jesucristo. Para creer en Él no basta la razón, es preciso elevarse por encima de ella a otro conocimiento superior que la complete sin contrariarla. El que posee ese conocimiento superior contempla con lástima a los que yacen prisioneros en las redes del razonamiento discursivo. Por éste jamás llegaremos a una convicción perfecta; su término ordinario es el escepticismo, mejor o peor disfrazado. La razón común nos ordena elegir, pero esa otra razón suprema que se llama fe rechaza la elección, porque la elección supone la posibilidad de otra creencia. La fe no elige, se precipita con amor sobre la idea que a sus ojos brilla, de tal modo, que obscurece cuanto se encuentra en torno suyo. La fe es esencial a la vida. Sin ella, ni podríamos pensar, ni podríamos existir. Lo demostrable según las leyes lógicas es muy poco. Además, queda siempre por demostrar la demostración.

—¿De modo que crees en los dogmas?

—Y tú también, y todos los humanos. El mundo vive y se sostiene por los dogmas, o sea, por aquellas verdades que no pueden ser objeto de una demostración lógica, ni comprobadas inmediatamente por la experiencia. Tú sabes que ha existido un emperador que se llamó Caracalla, y una reina que se llamó María Estuardo, pero no lo sabes ni por la razón ni por la experiencia, sino bajo la fe de un testimonio ajeno... Pero dejemos estas sutilezas. La fe, en último término, acaso no sea otra cosa que la confianza que el hombre presta a su razón cuando su razón le revela de un modo inmediato la verdad, no por medio de una serie de silogismos. Así creo yo en Jesucristo. Mi razón me dice que esta pobre Humanidad envilecida necesita un ser puro que la represente ante Dios, y esto que me dice mi razón se lo dice también a todos los hombres si prestasen el oído a ella. «Yo veo venir—decía Goethe a Eckermann en los últimos días de su vida—, yo veo venir el tiempo en que Dios no encontrará ya ninguna alegría en la Humanidad, y en que le será preciso de nuevo destruirla y rejuvenecer la creación.» Es lo mismo que afirma el Cristianismo, añadiendo que este rejuvenecimiento se opera sin cesar por medio de la sangre y de la palabra de Cristo. Ya ves que no cito a ningún santo padre de la Iglesia, sino a un filósofo pagano que, por confesión propia, aborrecía la Cruz.

—Pero la doctrina evangélica no ha sido una revelación para la Humanidad. Antes que Cristo viniese al mundo se expresaba y se reverenciaba esa misma moral en la filosofía y en algunas religiones, como la budhista.

—Desde luego; la moral evangélica está escrita en el corazón de los hombres como ley natural, aunque sólo en la palabra de Cristo se haya expresado de un modo perfecto. Jesucristo no ha venido al mundo para revelar la moral, sino para reanudar la alianza entre el hombre y Dios, rota por el pecado, para revelar la doctrina del Padre y nuestra unión amorosa con Él. Esta doctrina del Padre Celeste jamás había acudido a la mente de los hombres, ni hubiera podido venir sin la aparición de Jesucristo sobre la tierra. Su revelación, pues, no es una revelación moral, sino metafísica. «Ningún conocimiento ha venido a Jesús—dice Fichte—ni de la especulación ni de la tradición: esto quiere decir que recibía de su ser mismo toda su doctrina.» Ya ves que tampoco cito otro santo padre, sino a un filósofo racionalista ajeno a toda religión positiva... Y, sin embargo, esta gran revolución operada en la vida de la Humanidad, ¡qué comienzos tan humildes ha tenido! Lo primero que llama la atención, cuando se estudian los orígenes del Cristianismo, es la perfecta insignificancia del punto inicial. No aparece, como el budhismo, o como la religión de Zoroastro, o como el socratismo, o como la filosofía de Confucio, en medio de un pueblo poderoso y como resultado de una civilización brillante. El fenómeno histórico de más importancia que registran los anales del mundo se produce en un rincón de la tierra, en medio de un pueblo, no dominador como los otros, sino casi siempre dominado, extraño a las ciencias y a las artes y a los regalos de la vida civilizada. Su fundador no se distingue por nada de lo que suele seducir a los hombres: no es un filósofo, no es un conquistador, no es un héroe, no es un iluminado, no es un asceta. En la apariencia es un hombre como todos los demás. En los rasgos de su vida exterior, apenas se separa del común de los mortales. Con razón pudo decir Rousseau que Jesús «era un hombre de buena sociedad; no huía ni los placeres ni las fiestas; iba a las bodas, hablaba con las mujeres, jugaba con los niños, gustaba de los perfumes, comía con los hombres de negocios; su austeridad no era enfadosa». En suma, esto quiere decir que nuestro Redentor, durante su vida temporal, no tuvo lo que los franceses llaman pose. ¿La tuvo a la hora de morir? Tampoco. En el comienzo de su pasión confiesa a sus discípulos que su alma estaba triste hasta la muerte. Más tarde, clavado ya en la cruz, exclama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Compara esta muerte con la de Sócrates. El filósofo concluye su vida haciendo prodigiosos alardes de serenidad, pronunciando discursos, profiriendo sentencias. ¿No hay para todo espíritu observador en la famosa escena descrita por Platón un poco de afectación? ¡Sí; la hay! La hay en la vida y en la muerte de cuantos han pretendido difundir una doctrina e influir en los destinos de la Humanidad; la hay hasta en las torturas sufridas por algunos mártires. Casi siempre, acompañando al heroísmo, aparece unas veces la locura, otras la rigidez, otras la exaltación caprichosa; en todas partes creo descubrir la pose maldita, signo de nuestra flaqueza nativa. Sólo en Jesús veo una grande, una santa, una perfecta sinceridad. Jesús no es un hombre expresando la verdad, es la verdad misma expresada. Por eso es el ideal. «Por la sinceridad es por lo que el hombre se hace semejante a Dios», decían los antiguos persas. Pero esta sinceridad perfecta y divina no puede ser comprendida por los espíritus llenos de sí mismos. Voltaire habla con desprecio «del sabio que antes de morir había tenido sudores de sangre». Voltaire, a los ochenta y cuatro años, vivía aún atormentado por la sed de gloria y escupiendo hiel contra sus enemigos. Sólo cuando el hombre deja reposar un poco su inquieta voluntad ve con claridad en el alma de los otros y en la suya. Tal impresión de sorpresa me produjo el planeta que habitamos cuando estudiaba Astronomía. Nuestra tierra, dentro del sistema solar, no se distingue por nada. Ni es el planeta más grande ni es el más chico, ni el más lejano ni el más próximo al sol, ni su eje de rotación es el más inclinado sobre el plano de su órbita ni el menos; ni su atmósfera es la más densa ni la más fluida, ni sus mares y sus tierras se hallan mejor distribuídos que en los otros ni peor, ni es el más veloz en caminar por el espacio ni el más tardo. El globo en que habitamos tampoco tiene pose. ¡Y, sin embargo, pudiera tenerla! Acaso sea el único recinto habitado en el vasto Universo que contemplan nuestros ojos. Los sabios empiezan a sospecharlo después de haberse entregado largo tiempo a la creencia contraria. «¿Por qué tal sorpresa?—me pregunté al cabo—. Dentro del orden divino, todo el Universo es un símbolo: la apariencia no tiene realidad en sí misma. La caída de una hoja suena lo mismo no habiendo oídos que las explosiones del sol. Dios todo entero se halla en todas partes. Este grande y bello Universo no es más que una idea suya, y por Él, nuestra también.

—Como a ti, la insignificancia del punto inicial en el Cristianismo me ha sorprendido siempre. Me acordaré de la estupefacción con que leí por primera vez en el Evangelio aquellas palabras de San Mateo: «Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilatos al otro día, y le dijeron: Nos acordamos, señor, que dijo aquel impostor cuando vivía: Resucitaré después de tres días.» Jesús, para aquella gente, no era más que un vulgar impostor a quien se ejecuta como a otro criminal cualquiera, y al cual se olvida pocos días después.

-Sí; ¡quién les diría a aquellos notables de Jerusalén la revolución que iba a operar en el mundo! ¡Quién les diría que, después de muerto, iba a conquistar el imperio colosal de Roma! ¡Quién les diría que la pesadumbre de los siglos no ha logrado desplomar su obra, y que lo mismo los reyes que los mendigos, los sabios que los ignorantes, siguen postrándose para besar los pies ensangrentados de aquel impostor ejecutado una tarde en las afueras de Jerusalén!

—Amable es, en efecto, la doctrina contenida en la palabra de Jesús, y es la única que parece conciliarse con las necesidades de nuestro corazón; pero nuestro entendimiento, que jamás deja de hacer objeciones a cuanto se presenta en el campo de sus dominios, formula la siguiente: la moral de la humildad y la resignación es incompatible con el progreso del género humano. Si los hombres estuviesen todos dispuestos a acatarla, el mundo se convertiría en un paraíso; pero como los hay entre ellos perversos, éstos, aun hallándose en minoría, conseguirían fácilmente la dominación, aprovechándose de la pasividad resignada de sus hermanos. Siguiendo a la letra el precepto evangélico que nos ordena ofrecer la mejilla izquierda, cuando nos hayan herido en la derecha, la tierra caería prontamente en la barbarie.