—Es grave esa objeción, la más grave tal vez que se haya formulado contra el Cristianismo. Los que la hacen, sin embargo, no sueñan con que su argumento implica una reclamación. Están pidiendo, sin darse cuenta de ello, un poder regulador y ponderador de la doctrina evangélica. La palabra de Jesús es eterna, pero su aplicación se realiza en el tiempo y el espacio, o lo que es igual, se desenvuelve, no es instantánea. El poder divino y humano a la vez que regula este desenvolvimiento se llama Iglesia. La Iglesia admite entre sus preceptos la legítima defensa, y nos estimula a reivindicar nuestros derechos y nuestra libertad cuando han sido hollados por algún tirano. Cuantas herejías han aparecido en la Historia se apoyaron en el Evangelio, pero, si prevaleciesen, hubieran dado al traste con él. Estas herejías no han cesado ni cesarán. Hoy mismo, aunque parezca increíble, un novelista ruso, apoyándose en el precepto evangélico que nos prohibe juzgar a nuestros hermanos, pide que se supriman los tribunales de justicia.
—Y ¿cómo concilia la Iglesia, querido Jiménez, la legítima defensa y la reivindicación de nuestros derechos con los preceptos categóricos y apremiantes del Evangelio?
—Todos los preceptos del Evangelio pueden reducirse a uno solo: la caridad. El hombre que se ve injustamente acometido por otro puede, por amor mismo de su enemigo, dejarse maltratar y aun matar. Sabe que este acto de amor y abnegación se registra en el cielo. Mas al proceder en caridad con su enemigo falta a la que debe a todos sus hermanos, puesto que aquel hombre criminal, si quedase impune, seguiría ejecutando con ellos otros crímenes. Aun por amor mismo de nuestro enemigo debemos desear y contribuir con nuestras fuerzas a que se le castigue, pues la pena es necesaria para nuestra regeneración.
—Pensando algunas veces en la posibilidad de que el Cristianismo llegue a imperar, no en las palabras, como ahora, sino prácticamente entre los hombres, no puedo menos de imaginar que la vida perdería mucho de su atractivo. Supongamos que todos los hombres lleguen a ser igualmente buenos, generosos, humildes, etc., y que ya no exista conflicto alguno entre ellos. ¿No te parece que ese mundo estable, beato y de una pieza, sería un poco aburrido? La vida es una lucha entre el principio del bien y el del mal, entre nuestro ser espiritual y el corporal, entre el ángel y la bestia. Esta lucha engendra en todos los tiempos y países un drama que la hace interesante. Temo que el día en que el drama se termine la vida pierda su sabor. Cerrado el teatro, los espectadores desean entregarse al sueño.
—¡Esa es una objeción de literato!—exclamó Jiménez ríendo—. Tienes miedo de que el mundo llegue a tal estado de perfección que ya no se preste para llevarlo a la escena, y no encuentres en la vida argumentos para escribir tus novelas, ¿no es cierto?... Yo no sé si sería una gran desgracia que desapareciesen los dramas y las novelas. Presumo que no. ¡Perdona, amigo, este supuesto! Lo único que puedo decirte es que, cuando en mis cortos viajes he hallado en un pueblo amigos cordiales y generosos, pasé algunos días bien felices reducido exclusivamente a su trato. Aquel estrecho círculo de seres buenos duraba después largo tiempo en mi memoria como un paraíso. No me ha acaecido otro tanto cuando me vi obligado a residir entre hombres violentos o apasionados y tuve que asistir a sus luchas. Y es porque el drama es bueno para ser visto, pero no para ser vivido. Además, tú como yo, y como todos los hombres que poseen alguna imaginación, habrás sentido la dulzura inexplicable de ciertos instantes en que la Naturaleza y la sociedad se nos ofrecen como una visión celeste. ¡Instantes de embriaguez en que todo brilla a nuestros ojos con luz irisada! Un vago rumor agita el aire, y un perfume misterioso se esparce por él. ¡Qué frescura en el cielo!, ¡qué luz dorada en las crestas de las montañas!, ¡qué llanura risueña cubierta de flores! La Naturaleza resplandece luminosa, los hombres se agitan vibrantes de amor y de dicha, la creación entera surge ante nosotros como una esfera de luz. Nadie como nuestro Espronceda alcanzó a expresar con más felicidad ese momento de gozosa embriaguez:
Gorjeaban los dulces ruiseñores,
el sol iluminaba mi alegría,
el aura susurraba entre las flores,
el bosque mansamente respondía.
Murmuraban las fuentes sus amores,
ilusiones que llora el alma mía.
¡Oh, cuán suave resonó en mi oído
el bullicio del mundo y su rüído!
Dime, ¿no quisieras prolongar ese instante? ¿No quisieras vivir eternamente ese sueño de oro? Y, sin embargo, en nuestros sueños de oro no existe el drama.
Hubo una pausa. Al cabo, le dije bruscamente:
—Todo eso está bien, Jiménez, pero hablemos claro, y no seamos hipócritas con nosotros mismos. Tú eres cristiano católico en la actualidad, porque has nacido en una nación católica; si hubieses nacido en Inglaterra, serías protestante, si nacieses en Turquía, musulmán, y en la India, budhista.
Jiménez sonrió dulcemente y repuso: