—Sí, para los hombres en quienes aún no se ha extinguido por completo la llama de la vida espiritual. Donde está tu corazón, allí está tu tesoro, dice la palabra divina; o lo que es igual, donde está tu amor, allí está tu creencia. Dime lo que amas, y te diré lo que crees. Quien ame el goce de los sentidos, sólo creerá en los sentidos. Quien ame los goces del espíritu, creerá en el espíritu. No es el género humano solamente quien se divide para marchar en estas dos opuestas direcciones: en cada hombre existe la misma división. Hay horas en que, entregados al placer sensual, sólo creemos en la vida de la materia: las hay también en que, heridos por el sufrimiento de un semejante, por las caricias de una madre, por una sinfonía de Beethoven, entramos en el mundo moral y lo amamos. En la historia de la Humanidad, a toda revolución intelectual ha precedido una revolución moral. A la revolución filosófica que engendró la sofística en Grecia precedió el relajamiento de las costumbres y la invasión del egoísmo. En los tiempos del Imperio romano acaeció otro tanto. Lo mismo en el siglo XV. Lo mismo en el siglo XVIII. Lo que se observa en el mundo se encuentra también en este mundo abreviado que se llama hombre. Al período de escepticismo en cada uno de nosotros precede indefectiblemente otro período de depravación moral, de egoísmo. Si no le precede, será porque el hombre es de natural perverso. Nuestro ser intelectual nunca será otra cosa que el reflejo de nuestro ser moral. En el hombre no hay más que un desenvolvimiento, que es el desenvolvimiento de su alma. Este desenvolvimiento es una ascensión. A medida que vamos subiendo, descubrimos nuevos paisajes. Pensamos que los ojos de nuestra inteligencia se esclarecen. No; sólo vemos más porque estamos más altos. Los hombres no pensamos con la razón solamente, sino con todo nuestro ser. El orgulloso piensa con el orgullo, el lujurioso con la lujuria, el iracundo con la ira. Por eso, mientras no se rompa nuestro orgullo o se amortigüe nuestra lujuria, no podemos entender ni creer en la caridad. La Providencia nos ha dado el pensamiento para comprender lo que existe dentro de nosotros, no para crearlo. O lo que es igual, el acto primordial de nuestra naturaleza no es el pensamiento, sino la tendencia, la inclinación, el amor hacia alguna cosa. En el orden de los fenómenos vitales, el corazón precede a la cabeza. Se cree lo que se quiere creer, y se piensa lo que se quiere pensar. Detrás de todo sistema filosófico se esconde siempre un acto de voluntad. Por eso no estoy de acuerdo con los que suponen que las opiniones (cuando son sinceras) nada dicen respecto al valor moral de la persona, y que es indiferente tener buenas o malas ideas para el aprecio que nos merezca. Las ideas son, por el contrario, la expresión fiel de nuestro ser moral. El que se ama a sí mismo por encima de todas las cosas, es pagano. El que guarda en su corazón un tesoro de amor para los demás, es cristiano. Lo que hay es que no pocas veces nos equivocamos respecto a nuestras propias ideas. Cuando juzgamos poseer unas, las que poseemos en el fondo de nuestra alma son las contrarias. Tal le ha sucedido al famoso novelista de que antes hablamos. Pero el tiempo se encarga de desengañarnos. Así acaece que hombres que en sus actos y sus palabras hacían gala de escépticos y materialistas, repentinamente se convierten a la fe de Cristo, y han sido el resto de su vida modelos de virtud. Por el contrario, hemos visto con dolor algunos sacerdotes cristianos abandonar su religión y convertirse a las ideas de la filosofía materialista. En el fondo, no se trata aquí para nada de ideas ni hay cambio alguno, sino un retorno a la normalidad. Por eso, cuando tengamos noticia de una de estas conversiones, debemos preguntar, parodiando a nuestro rey Carlos III: «¿Quién es él

Un nuevo golpe de tos acometió a Jiménez al terminar estas palabras. Le vi, con profunda pena, ponerse más pálido aún que antes y llevarse la mano al pecho. Cuando terminó el acceso, sonrió tristemente, exclamando:

—¡Mal anda esto!

Yo debiera levantar la sesión en aquel momento y obligarle a retirarse, pero me hallaba turbado hasta lo indecible; quería escuchar más, quería saber más. Cuando se hubo sosegado por completo, le dije:

—Lo que acabas de decirme me consuela y me desconsuela al mismo tiempo. Es un consuelo suponer que se halle en el radio de nuestra voluntad la creencia religiosa, pero es un desconsuelo el pensar que tal vez por nuestro perverso natural o por nuestros vicios arraigados, nos está vedado el obtenerla. Y desarraigar los vicios es empresa difícil, aunque no imposible; pero ¡transformar el natural! ¿Quién será osado a creerlo?

—¡Yo lo creo; yo! No sólo creo que nuestro carácter puede modificarse lentamente por los esfuerzos repetidos e incesantes de nuestra voluntad, sino que puede transformarse repentinamente por obra de la gracia divina. La vida nos ofrece numerosos ejemplos. Algunos lo atribuyen a la explosión repentina de los combustibles almacenados en el campo de esa conciencia inconsciente que llaman subliminal, otros al aniquilamiento súbito de nuestra voluntad de vivir bajo el golpe de una desgracia irreparable. Para mí es un rayo de luz que Dios envía a nuestra alma a fin de esclarecerla. De todos modos, ha existido y existe, y lo que existe para unos puede existir para otros.

—Y ¿crees sinceramente que hay otra vida más que ésta?

—Lo creo como creo en mi propia alma; lo creo, porque si no hubiese otra vida, ésta me sería absolutamente incomprensible. Como Espinosa, yo no puedo concebir que ningún ser pueda caer en la nada. El mundo de la belleza, el del bien, el de la verdad, se hallan truncados en este suelo, necesitan un complemento. La hora de la verdad y de la justicia debe sonar alguna vez y en alguna parte. Si no sonase, debiéramos retorcer el cuello a nuestros hijos al nacer, para que no viesen este absurdo bestial, esta infame mentira que se llama mundo. Y ¿cómo sabríamos que es absurdo, y que es infamia y mentira, si no existiese en alguna parte la justicia y la verdad? Nuestro destino no se cumple aquí abajo. Todo hombre lo siente dentro de su corazón, y apela, en presencia de los horrores que se ve obligado a contemplar, a otro mundo más alto, donde se restañan las heridas y se enjugan las lágrimas. ¡Ah, si no existiese! Si no existiese, yo te juro que no sería un cobarde como los hombres que no creen en él y viven; yo te juro que no aguardaría los pocos días que me quedan de vida: ahora mismo subiría a mi cuarto en busca del libertador de seis tiros que tengo en la mesa de noche.

—Pero ¿crees en la persistencia individual después de la muerte? Porque ésta choca con la experiencia sensible de todos los días; pero hay otra clase de inmortalidad perfectamente compatible con ella. En el vasto Universo nada perece, todo se transforma...

—Sí, sí, no digas más; esa es la inmortalidad que poéticamente ofrecía un brahmán a su esposa: «Lo mismo que el agua se convierte en sal, y la sal se convierte en agua, así nacemos nosotros del Espíritu divino y volvemos a Él.» Hoy se explica la misma doctrina más prosaicamente, por medio de la circulación de la materia. Respondo a esa doctrina lo que la esposa respondía al brahmán: «¡Qué me importa lo que no puede hacerme inmortal!» Fuera de la conciencia, nada tiene valor alguno.