—Todavía hay otra inmortalidad que nos ofrecen algunos de los más grandes metafísicos modernos. Nuestro ser individual no perece, porque no ha nacido; nuestras almas son manifestaciones de la existencia de Dios, fuera del cual nada existe. La luz divina se refracta en infinitos rayos, y nuestras existencias son esos rayos de luz increada y eterna. Esta vida terrestre no es más que una de las infinitas formas en que nuestro espíritu se objetiva. El alma asciende o desciende según adquiere o pierde la conciencia de su unidad con Dios. La muerte es una apariencia; no significa otra cosa que una transformación de nuestro ser; y el alma, principio de la vida, no hace más que cambiar de condición exterior. En virtud de esto, al morir, subimos o descendemos según el valor que por nuestro esfuerzo espiritual hemos adquirido. Nosotros fabricamos nuestra propia suerte: los males sensibles que nos afligen no son más que la consecuencia inevitable del mal moral cometido en una existencia anterior.
—Reconozco de buen grado la grandeza de esa concepción, que, en el fondo, no es otra cosa que la antigua metempsícosis un poco perfeccionada y también un poco disfrazada. Aquí ya no circula la materia, sino la vida. Aunque no choca directamente con la razón, como el escueto materialismo, tampoco la satisface. Si nuestra existencia individual no ha sido creada, o lo que es igual, no ha tenido principio, si detrás de nosotros hay un infinito, no ofrece duda que hemos agotado ya todas las formas posibles de vida. Si hemos dispuesto de un tiempo infinito para perfeccionarnos, no debiéramos ser tan imperfectos. Se dirá que el hombre sube y baja sin cesar al través de las existencias infinitas. Entonces no hay más que cruzarse de brazos y renunciar a toda actividad, ya que nuestros esfuerzos jamás pueden impedir que nos degrademos. Pero aún más que la razón, vulnera esa teoría nuestros sentimientos. Estamos dedicados a la muerte: si nacemos infinitas veces, morimos infinitas veces. Estamos destinados a anudar infinitas relaciones de amor con otros seres, y otras tantas a romperlas bruscamente. La muerte nos separará sin tregua por toda la eternidad de los seres más queridos. Esa esposa que adoras, ese padre que veneras, ese hijo que duerme dulcemente entre tus brazos, morirán para ti infinitas veces. ¡Qué horrible pesadilla, querido amigo! Comprendo el ansia y la alegría con que la muchedumbre se agolpaba en torno del Budha, allá en la India. «¡Alegraos!, ¡alegraos!—gritaban sus apóstoles—, ¡la muerte está vencida!» El Nirvana, que es el reposo absoluto, rompía la cadena de las existencias temporales y las libertaba para siempre de la esclavitud de la muerte. No; el amor exige la eternidad: cuando amamos, queremos amar siempre. Ese cielo cristiano extático y beato, que sirve de burla a los escépticos, es el único que da satisfacción a nuestros más hondos sentimientos. El hombre, desde cualquier punto que se contemple, no es más que un caso de amor. En el amor queremos lo inmutable. Por eso en cada criatura que amamos queremos ver a Dios. Nuestra alma huye con horror de lo efímero; en todo ser finito buscamos con ansia el principio inmutable que le ha de hacer eterno. «¡Nunca más—exclama el duque de Gandía en presencia del cadáver de la Emperatriz—, nunca más servir a un amo que se puede morir!» El ser finito que no puede saciar el amor en sí mismo, que no puede saciarlo tampoco en las criaturas finitas como él, se arroja a la gran aventura; se arroja en busca de Dios.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero.
No quieras enviarme
de hoy más ya mensajero
que no saben decirme lo que quiero,
exclama San Juan de la Cruz, a quien no podía sanar ya, en efecto, el amor de ninguna criatura. Y ¿a quién en este mundo le podría sanar?... Pero las criaturas son mensajeras de Dios. Como tales, deben ser amadas. ¡Dichoso el que en su camino por la tierra ha tropezado con alguno de estos mensajeros divinos, con un padre justo, con una esposa amante, con un amigo fiel! Mientras pisan el barro de este suelo nos hablan un lenguaje aprendido de Dios, y cuando parten para siempre se llevan al cielo la mitad de nuestra alma, y desde allí nos hacen señas que nos esperan para vivir unidos en el eterno Amor.
La emoción con que Jiménez pronunció las últimas palabras me ganó a mí. Me sentía conmovido hasta lo profundo del alma. La voz de aquel hombre, cuya fosa estaba ya abierta, sonaba en mis oídos como bajada del otro mundo.
Permanecimos silenciosos algunos instantes. Al cabo me levanté bruscamente y, alargándole la mano, le dije:
—Adiós, Jiménez. Gracias por el bien que me has hecho con tus palabras.
—Háztelo tú a ti mismo pensando algo más en estos asuntos, que tanto nos interesan—me respondió estrechando mi mano y levantándose al mismo tiempo.
Me acompañó hasta la puerta del jardín. Cuando la hube traspuesto, le dije todavía al través de la verja:
—Adiós, Jiménez. Pide a Dios que me dé la fe que tú tienes.