—Lo he observado con placer. ¡Dichoso el hombre que tropieza en el mundo con uno de estos seres, cuya alma sólo vibra con el amor y el perdón!

—Sí; pero ¡desgraciados estos seres si tropiezan con un hombre deslumbrado, cuyos ojos no son capaces de percibir las ondas preciosas e invisibles que remueven su alma!—repuso el doctor mientras una arruga surcaba su frente.

Comprendí que aquella joven era la hija preferida de su corazón, y que su felicidad le inspiraba un cuidado ansioso y vigilante.

Consuelo, su hija segunda, se presentó. No pude menos de sentirme subyugado inmediatamente. Un rostro blanco, ovalado, cabellos negros, ojos rasgados de largas pestañas, alta, flexible y aérea como una hada. Me saludó con la soltura un poco impertinente de las jóvenes persuadidas de su hermosura y que la ven celebrada. Su padre le repitió la misma demanda que había hecho a Luisa, poniéndole el libro delante. La hermosa joven me dirigió entonces una penetrante mirada de curiosidad, donde se mezclaba la inquietud y la burla. Luego se puso a leer, y su voz era también de timbre delicioso. Cuando la Naturaleza decide formar un ser bello, parece que muestra empeño en no olvidar ningún toque.

No tardé en advertir que la descripción de las riquezas acumuladas en la casa del patricio romano lograba interesarla; que tanta obra de arte, tanta joya y tanta elegancia le causaban profunda admiración. En cambio, cuando llegó a la escena de la disputa entre la esclava cristiana y la señora pagana, su tono se hizo más indiferente y monótono. Ni aun logró alterarlo el bárbaro castigo que ésta la infligió. Sus ojos brillaron, no obstante, cuando la patricia regaló a su esclava el magnífico anillo de esmeraldas. Pero al leer que este anillo se había encontrado al domingo siguiente en el cepillo de los pobres, quedó un instante suspensa sin comprender. Luego hizo una imperceptible mueca de desdén, y se puso seria.

—Como usted habrá advertido—me dijo su padre cuando partió—, acabamos de operar con una substancia muy diversa. Esta absorbe todos los rayos lumínicos y brillantes del espectro visible; pero deja pasar libremente las ondas más amplias del calor.

Bajé la cabeza sin responder. No me pareció delicado apoyar lo que decía, pues se trataba, al cabo, de una hija suya.

—Entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral—prosiguió—descubrimos alguna vez una estrecha relación, una simetría que hace pensar involuntariamente en la armonía preestablecida de Leibnitz y en las causas ocasionales de Malebranche...

El doctor comenzó a disertar gravemente, sabiamente, como tenía por costumbre. Yo le escuchaba con atención y placer, pues su palabra clara, sus variados conocimientos y su ingenio prestaban verdadero encanto a su discurso. Mas hete aquí que cuando nos hallábamos enteramente abstraídos en nuestra plática metafísica, hizo irrupción en la estancia un chico de diez y ocho a veinte años, vivaracho, ruidoso, que guardaba extraordinario parecido con el doctor.

—Adolfito... Mi único hijo varón—dijo aquél presentándomelo.