Traía unos cuantos libros debajo del brazo, y me enteré de que estaba terminando la carrera de Filosofía y Letras, con todas las notas de sobresaliente y muchos premios. Luego que se hubieron cambiado algunas frases, quedó el doctor suspenso un instante, y me dijo en voz baja:
—Todavía podemos hacer otro experimento.
Y acto continuo invitó a su hijo en la misma forma, esto es, anunciándole mi libro imaginario sobre el arte de la lectura, a que leyese el capítulo de la novela que ya habían leído sus hermanas.
Adolfito tomó el libro y comenzó a leer admirablemente, como quien desea lucirse. Pero de pronto levanta la cabeza y exclama:
—¡Hombre, esta descripción me parece muy amanerada! El autor acumula en una casa todos los cachivaches que se hallan descritos en los manuales de antigüedades romanas.
—Bien... Sigue, sigue—repuso su padre sonriendo.
Al llegar a la disputa filosófica entre la patricia y su esclava, de nuevo se interrumpe para afirmar:
—Todo esto es de una inocencia paradisíaca. ¡Una esclava que habla como un profesor de metafísica!
—Sigue, sigue, hijo mío—le dijo su padre, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.
Llegó al final del capítulo, y al leer lo del anillo regalado a la esclava, y entregado después por ésta a los pobres, cerró el libro con ademán desdeñoso.