Casi en el mismo instante que ella salió un hombre en su seguimiento con un manojo de cuerdas en la mano. Rugía como un tigre hambriento, y soltaba por la boca palabras más nauseabundas que la basura que apilaba cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la niña, presa de indescriptible terror, y volviendo hacia él sus ojos extraviados, gritaba:

—¡Perdón, padre, perdón! ¡Es que me he caído, padre! ¡Es que me he caído!

El bárbaro, sin aplacarse, trató de apoderarse de la criatura, que seguía cogida a mis rodillas. Entonces Jiménez se interpuso, poniéndole las manos sobre el pecho.

—¿Quién es usted—vociferó aquel salvaje—para impedir que castigue a mi hija?

Un muchacho de catorce o quince años, que pasaba a la sazón con unas vasijas de leche en la mano y se había detenido a mirar, le hizo signos negativos a Jiménez por detrás del enfurecido trapero.

—Pero ¿es hija de usted?—le preguntó Jiménez clavándole una mirada severa.

—Sí, señor, es mi hija.

El chico le hizo nuevos y más enérgicos signos negativos a espaldas del otro.

—Fíjese usted bien en lo que dice... ¿Es hija de usted?—repitió Jiménez mirándole con mayor severidad.

—Bueno, como si lo fuera... Es mi hijastra—repuso visiblemente turbado.