El chico continuó haciendo signos negativos.
—Tampoco eso es cierto. ¿Está usted casado con su madre?
—Pero ¿a usted qué mil rayos le importa? Déjeme usted pasar, o le atropello.
Mientras tanto, yo había observado que la niña tenía una herida en la mejilla, de la cual manaba abundante la sangre, y sus tiernas manecitas cubiertas de terribles cardenales.
—No le dejes paso, Jiménez. Ese hombre es un criminal, y tendrá que dar cuenta a la policía.
Al escuchar esta última palabra, el feroz trapero se aplacó un poco y quiso venir a las buenas, haciéndonos saber que había enviado a aquella chica a la taberna por una botella de vino, y se la había roto.
—¡Es que me he caído, padre!, ¡es que me he caído!—gritó la niña con angustia.
—¿Te has caído, eh, buena pieza? Yo te enseñaré a tenerte sobre los pies.
—Bueno, por lo pronto, a esta niña hay que llevarla a la Casa de Socorro, y usted vendrá con nosotros—manifestó Jiménez.
El trapero volvió a encresparse al oir esto, y no sólo se negó a ir con nosotros, sino que trató de arrebatarnos la niña violentamente; pero como éramos dos y vió nuestra actitud resuelta, y temiendo acaso empeorar su situación porque dos mujeres que pasaban a la sazón se detuvieron a presenciar la escena y tomaron parte por nosotros, la dejó al fin marchar. Mas no sin proferir terribles blasfemias y amenazas, que a nosotros no nos impresionaron, pero sí muchísimo a la criatura.