La niña no quería hablar, porque se hallaba bajo la impresión del terror, y temía volver a manos de sus verdugos. Cuando la hubimos persuadido, con no poco trabajo, que eso ya no podía ser, que la autoridad iba a encargarse de ella y quedaría depositada en un asilo, nos refirió balbuciendo una historia de espanto, algo que parecía una horrible pesadilla; por lo menos, yo creía algunas veces que estaba soñando. Los martirios a que había sido sometida aquella niña evocaban la imagen del infierno, y aquellos sus dos diablos atormentadores eran de lo más refinado que en él pudiera hallarse. Mientras duró el relato, las lágrimas corrían por las mejillas de Jiménez, y mis ojos no estaban mucho más secos.
Al fin nos despedimos, prometiendo volver al día siguiente para enterarnos de las disposiciones del juez.
Salimos silenciosos de las calles, y silenciosos entramos en plena campiña, caminando la vuelta de la casa de Jiménez. El cielo estaba límpido, el sol ya declinaba envuelto en un cendal rojizo. Las crestas, todavía nevadas, del Guadarrama despedían irisados destellos. Algunas columnitas de humo flotaban tranquilas sobre las viviendas esparcidas por la vasta llanura. Mi alma estaba henchida de tristeza y de horror a la vida.
—¿Verdad, Jiménez—dije posando mis ojos en aquellas columnitas—, que si la materia cósmica no se hubiera condensado en la vía láctea para formar este puntito obscuro que llamamos Tierra, no se hubiera perdido gran cosa?
Guardó silencio un instante, dirigió también su mirada vaga hacia el horizonte, y repuso lentamente:
—Sí; se habrían perdido las lágrimas que tú y yo acabamos de verter.
—Entiendo lo que quieres decir. La efusión de nuestras lágrimas te parece algo precioso y sagrado, como revelador de un sentimiento que hace felices a los hombres por momentos. No te lo disputo. Hay algo en la vida digno y hermoso; los diálogos de Platón, la respuesta de Leónidas, la novena sinfonía de Beethoven, los besos de nuestra madre... Pero no son más que rayos de luz que esclarecen un instante las tinieblas en que estamos sumergidos; parecen los sueños de oro que atraviesan un instante el cerebro de un condenado a muerte. Después, todo miseria, todo horror. ¿No vale más permanecer sumergidos en la dulce inconsciencia de la planta? ¿Compensan tales instantes de admiración y de dicha la tristeza abrumadora de nuestra existencia? ¿Por qué estos instantes no son todos los instantes? El que nos hace felices un momento, pudo habernos hecho felices todos los momentos. ¿Por qué no lo hizo?
—Es la misma pregunta que a Dios dirigía el viejo Job hace algunos miles de años: «¿Cuándo existencia te pidió la nada?»... Razón tenía el patriarca judío; la existencia no tiene valor alguno si no la acompaña la felicidad. Pero ¿qué es la felicidad? Lo que debe ser. No hay definición que me parezca mejor que ésta. Existencia y felicidad son dos ideas tan estrechamente unidas, que allá en el fondo de nuestra inteligencia las juzgamos una misma, y al encontrarlas separadas en la práctica, nunca dejamos de experimentar sorpresa.
—Pues ya debíamos ir acostumbrándonos—repuse yo de mal humor.
—Jamás, jamás nos acostumbraremos. El hombre busca la alegría como la razón de su existencia, y cuando tropieza con obstáculos que se la arrebatan piensa que estos obstáculos no debieran existir, que su verdadera existencia queda vulnerada, que se ha introducido un desorden en el plan de la creación.