—Pero esos obstáculos existen siempre, y existen en abundancia. ¿Cuál es la razón de su existencia?
—Henos aquí llegados de un salto al núcleo de la cuestión: el origen del mal. Hay sabios antiguos y modernos que niegan su existencia. Dicen que, no siendo el mal otra cosa que la negación del bien, no tiene realidad, puesto que es una idea negativa.
—Con la misma razón podemos afirmar que el bien no tiene realidad, puesto que consiste en la negación del mal.
—Así es; el moderno apóstol del pesimismo, Arturo Schopenhauer, así lo sostiene. La afirmación de aquellos sabios es tan sofística como pueril. No basta negarse a ver una cosa para borrar su existencia. Los antiguos y modernos optimistas se parecen a esos animales que, al ver al cazador, cierran los ojos y se creen ya lejos de él. El mal es una realidad. El juicio de los hombres sobre la vida es triste, y ha arrancado de la lira de los poetas sones bien desesperados. «Después de la felicidad suprema de no haber nacido, la suerte mejor del que ha venido al mundo sería morir en el instante mismo», afirmaba la antigua sabiduría; y la moderna repite idénticas palabras. Pero hay una corriente filosófica que se niega a repetirlas, y pretende demostrar que el mal es necesario. Si es necesario de una necesidad absoluta, si hace parte de la naturaleza misma de las cosas, debe existir; si debe existir, es bueno... ¡Ah! «¡Desgraciados los que llaman al mal bien, y al bien, mal!», exclamaba el profeta Isaías. ¡No; el mal es mal, el mal es una realidad; pero el mal no es necesario! El mundo no sería menos perfecto sin la existencia del mal, como afirma Plotino, sino mucho más perfecto; el mal no es una parte del bien, un elemento del mundo primitiva y eternamente necesario, como sostiene Hegel. Yo imagino que el mundo sería mucho mejor si a los hombres no se les arrancase el corazón para ofrecerlo palpitante en el altar de un ídolo de piedra; si no se les cortase la lengua y se les introdujese plomo derretido en la boca para que no contraríen nuestras opiniones; si no se martirizase a los niños porque no pueden defenderse.
—¿Por qué, por qué todo eso, querido Jiménez?—exclamé impetuosamente—. ¿Por qué esos saqueos incesantes en la Historia, por qué esos niños degollados, por qué esas vírgenes violadas, por qué esos sabios torturados, por qué ese látigo vibrando siglos y siglos sobre las espaldas de seres inocentes?
—¿Por qué?, ¿por qué?—repitió Jiménez con voz ronca—. He aquí el problema de los problemas, el problema pavoroso junto al cual todos pierden importancia...
Guardó silencio unos momentos. Nuestros pasos sonaban a compás sobre la tierra dura del sendero. Las sombras invadían lentamente la campiña. Al fin comenzó a hablar en voz baja:
—Hubo un hombre entre los modernos, el más grande y el más sabio de todos ellos, que se llamó Leibnitz. Este atleta del pensamiento hizo esfuerzos vigorosos, desesperados, por abrir paso a la luz entre las tinieblas que envuelven este problema... O Dios no ha sabido impedir el mal, o no ha podido, o no ha querido. Entonces, no es Providencia. O ha sabido, ha podido y ha querido. Entonces, ¿cómo explicar la existencia del mal? La respuesta de Leibnitz es que el origen del mal debe buscarse en la naturaleza ideal de la criatura, en tanto que esta naturaleza se halla encerrada en las verdades eternas que existen en el entendimiento de Dios, independiente de su voluntad.
—¡Respuesta bien obscura!
—Sí, bien obscura. Leibnitz ha querido decir que el origen del mal es metafísico, y que depende de la imperfección de la criatura. Por tanto, es de absoluta necesidad. Volvemos al mismo dilema. Si es de absoluta necesidad, no es mal, sino bien... Pero ¿es cierto que el mal no es otra cosa que imperfección? ¿Es cierto que quien dice ser imperfecto, dice ser desgraciado? Habría que probarlo. Nuestra Tierra no es desgraciada por no ser tan grande como Júpiter, sino por otras causas diversas; Júpiter no es desgraciado por no ser tan grande como el Sol; el Sol no es desgraciado por no ser tan grande como Sirio. Esto sería confundir la idea de bien y mal con la de más y menos. Cada ser, en su sitio jerárquico, tiene un destino que cumplir; es feliz si este destino se cumple sin obstáculos, y desgraciado si no logra cumplirlo. Si para ser felices necesitáramos ser perfectos, entonces, sólo llegando a ser Dios seríamos felices... Yo soy una criatura bien limitada, bien imperfecta, y, sin embargo, hubo un tiempo en que no envidiaba, no diré al Ser infinito, pero ni aun a cualquier otra criatura colocada más alta que yo. En mi pobre hogar caminaba con el corazón satisfecho, libre de todo deseo: me bastaba mi pequeña cocina, mi pequeño comedor, mi pequeña mesa cubierta con tosco mantel de algodón. Fuera, los días se sucedían, unos, serenos, bañados de sol, otros, obscuros, aborrascados; soplaba unas veces el dulce céfiro primaveral, otras estremecía mis cristales el furioso vendaval; chocaban contra ellos la nieve, la lluvia, las ramas embalsamadas de las acacias, las alas negras de las golondrinas. Todo me era igual, todo contribuía a mi dicha. Yo no soñaba entonces con que necesitaba ser perfecto para ser feliz, yo no sentía el ansia de lo infinito, sino la de seguir caminando en aquel pobrecito hogar, arreglado por la mano más dulce que ha creado Dios...