—Sin embargo, Jiménez, la doctrina pesimista se impone al espíritu de un modo avasallador. ¡Ofrece tantas pruebas en el curso de la vida! Por otra parte, su máximo filósofo en Europa es un escritor de genio que posee un vigor y una flexibilidad maravillosos. Tomo sus libros en las manos, e inmediatamente me siento fascinado, me envuelve, me sujeta en los férreos lazos de sus razonamientos impecables, me alegra con sus punzantes epigramas, me deslumbra y me arrastra con los arranques briosos de su estilo. Y, al cabo, soltando el libro, me digo siempre: ¡Todo esto es verdad!, ¡es verdad!

—No te avergüence lo que te ocurre con ese gran filósofo y estilista. A mí me ha pasado lo mismo con él y con otros varios. Todas las obras maestras de la filosofía me han convencido. Yo he sido alternativamente idealista y materialista, epicureísta y estoico, optimista y pesimista, discípulo de Platón y de Aristóteles, adepto de Spinosa y de Kant, y de Hegel y Schopenhauer, y de Spencer. Todos los grandes espíritus de la Humanidad me han dominado, al menos mientras he estado en comercio con ellos. No sin amarga tristeza me di cuenta, al cabo, de este fenómeno. Y aunque no soy modelo de humildad, reconocí humildemente que no poseía dotes de pensador. Me faltaba originalidad; no tenía fuerza para oponer mi pensamiento al del escritor que estudiaba, era incapaz de convencerme de una vez y para siempre. Finalmente, diputábame en mi interior por un ser inconsistente y sugestionable, como suelen serlo las mujeres, por una naturaleza realmente femenina... No te sorprenderá que este adjetivo me escociese en el alma de un modo insufrible. Así que, no por amor a la ciencia precisamente, sino para sacudirlo de mi imaginación, me puse a estudiar el asunto. La clave para salir de tal incertidumbre me la dió el mismo Schopenhauer, ese filósofo a quien admiro casi tanto como tú. El arte de persuadir, según él, reposa en la desnaturalización de las relaciones que existen entre los conceptos. El artificio a que se recurre de ordinario es el siguiente: cuando la esfera del concepto que se medita no se halla comprendida más que parcialmente en otra distinta, se la da por contenida totalmente en una u otra, según el interés de aquel que habla. De aquí se desprende que el error en un sistema o en una demostración cualquiera no se halla en las premisas, sino en las deducciones. Sea con premeditación, o de un modo inconsciente, el orador o escritor que aspira a convencernos se transforma casi siempre en un escamoteador. Y el escamoteo de las ideas, lo mismo que el de las pesetas, consiste siempre en hacer ver que se hallan en sitio distinto de donde están realmente. Cuando el escamoteador es hábil, esto resulta a maravilla. Schopenhauer ofrece un ejemplo muy sugestivo en aquel cuadro esquemático que tú recordarás, donde el concepto de viajar resulta, por medio de una serie de deducciones, malo y bueno al mismo tiempo. Confieso que este cuadro, donde se observa gráficamente de qué modo las esferas de los conceptos, penetrando las unas en las otras, aunque sin contenerse totalmente, nos consienten pasar de una noción a otra, y al cabo deducir conclusiones por completo diversas, me impresionó profundamente. Desde entonces, en cuanto tomo un libro entre las manos y me pongo en relación con un pensador cualquiera, me coloco en la actitud recelosa del paleto cazurro que asiste a un espectáculo de prestidigitación. ¿Por dónde le descubriré yo a este señor la trampa? Y no dejo jamás de aplicarle el famoso cuadrito de Schopenhauer. Con lo cual he llegado a convencerme de que todos los filósofos tienen razón, y ninguno la tiene... Pero he aquí que se me antojó dar al maestro cuchillada. Un día le apliqué al propio Schopenhauer su cuadrito, y resultó que él también había usado de igual escamoteo para deducir su pesimismo. Con otro cuadro semejante al suyo he podido comprobar que la vida puede ser considerada como buena y como mala al mismo tiempo.

—¿De suerte que has llegado al escepticismo? ¿Te encuentras en la cómoda situación del buen Montaigne?

—Todo lo contrario: yo pienso que en el fondo de todo sistema metafísico se oculta una gran verdad... pero una gran verdad exagerada. «Todo hombre en posesión del poder—decía Montesquieu—, tiende a abusar de este poder.» Pues yo digo: todo hombre en posesión de una verdad, tiende a abusar de esta verdad. Es una pendiente fatal por la cual nos deslizamos sin sentirlo. No busques otro origen al error. Debajo de cada uno de ellos, hasta de los más monstruosos, vive una pobre verdad a medio asfixiar. Y, ¡cosa singular!, es el poder mismo del genio quien la tiene sofocada. Los hombres de genio en este mundo son aquellos que ven con extraña y maravillosa intensidad una parte de la verdad. Gracias a esta visión original, logran dar un paso en el mundo de las ideas y plantar un jalón en el camino de la ciencia; pero, ¡ay!, el fulgor de esta verdad parcial les oculta no pocas veces las demás verdades que cerca de ella viven. Por eso, aunque te parezca mi aserción extraña, no tengo por seguros guías para la orientación de nuestras ideas a los grandes pensadores, sino más bien aquellos otros dotados de fino espíritu crítico y recto sentido...

—¿A los que tienen una linterna más chica?

—Eso es; a los que recorren el campo de la verdad sin estar ofuscados por ninguna. El pesimismo es una gran verdad, y pienso que, después de Sakyamuni, nadie la ha visto con más sorprendente intensidad que Arturo Schopenhauer... pero es sólo una verdad, no es toda la verdad. El pesimismo se halla en terreno firme dentro de la crítica. En efecto, en nuestro mundo pululan muchos males, muchos, muchos; mas al llegar a la explicación, no sabe decir sino Atman, con el asceta Gotama, o Voluntad, con Schopenhauer. Y ¿qué es el Atman?, ¿qué es la Voluntad?

—Schopenhauer responde que la Voluntad, no estando sometida al principio de razón, no puede ser conocida. Lo mismo sucede con cualquier fuerza elemental, con la electricidad, con la gravedad, de las cuales no podemos preguntar la causa.

—Si es la fuerza primitiva del Universo, desde luego no puede ser conocida en sí misma. Los cristianos dicen lo mismo respecto a Dios. Pero será conocida por sus atributos, como Él. Veamos estos atributos. Un esfuerzo sin fin..., un esfuerzo ciego.... Pero ¿es esto realmente lo que se observa en el mundo? Hay que probarlo. Si la causa del mundo es un esfuerzo ciego, ¿cómo tenemos vista? Si la esencia del Universo es ininteligencia, ¿cómo existe dentro de él la inteligencia? En último resultado, querido amigo, un pesimista, como cualquier otro filósofo, no es más que un hombre que, tendiendo la vista por el mundo, se pone a meditar sobre su esencia o sobre su causa. El pesimista dice que no tiene causa, que sólo hay en él esencia, y que su esencia es el mal. Esto es ya cuestión de hecho; y lo mismo que su experiencia le dice que sólo hay mal en el mundo, a otros les dice que sólo hay bien, y a otros, como a mí, les dice que hay de todo. ¿Vale la pena demostrar tanto desprecio al materialismo, como hace Schopenhauer, para terminar afirmando que en el fondo del Universo sólo se oculta una fuerza estúpida que quiere por querer, y sin saber lo que quiere, y que jamás consigue lo que quiere? Los empíricos y materialistas tendrían en ese caso razón contra él. Comer, beber, aprovecharse de la vida; y cuando ésta no produzca ya placeres, salir de ella por medio de una pistola o de una cuerda.

—Schopenhauer condena severamente el suicidio.

—Lo sé. Es una de sus flagrantes inconsecuencias. El pesimismo antiguo, fiel a sí mismo, se guardaba de condenarlo; solamente lo creía casi siempre innecesario. Pero Schopenhauer se encontró en medio de una civilización que lo rechaza, y no atreviéndose a chocar abiertamente con el sentimiento general, para no ser arrollado, ideó el siguiente artificioso razonamiento: «El suicidio no es la negación del querer-vivir. El que se da la muerte quisiera vivir; no está descontento sino de las condiciones en que la vida se le ofrece. Por tanto, destruyendo su cuerpo, no es al querer-vivir, sino a la vida a lo que renuncia.» Pero aquí ocurre inmediatamente preguntar: si la vida fuese buena para todos los humanos, ¿habría alguno que renunciase voluntariamente a ella? ¿Tendría razón de ser la negación del querer-vivir? ¿Sería pesimista el mismo Schopenhauer? ¿Habría siquiera pesimismo en el mundo? Quien renuncia a la vida, sea quien fuere, si le ofreciesen otra buena y feliz, la tomaría inmediatamente.