—No obstante, en el sermón de Benarés se aconseja la extinción de todo deseo para terminar con la sed de la vida.
—Ese es un consejo metafísico que nadie ha practicado jamás, porque sale fuera de los límites de nuestra naturaleza. Los budhistas, que se tienden delante del carro de los ídolos para ser aplastados, lo mismo que los que se suicidan lentamente en el desierto privándose del alimento y del movimiento necesarios, no lo hacen por una necesidad metafísica de extinguir el principio de la vida en el Universo, sino con la esperanza de pasar a otra vida mejor.
—¿Y el Nirvana?
—El Nirvana, que en el cerebro del fundador o fundadores del budhismo significaba el aniquilamiento absoluto, se transformó inmediatamente para los adeptos en un cielo, en otra vida feliz. En el Dhammapada se dice: «Aquellos que practican el mal, van al infierno; los que son justos, van al cielo.» En el Udanavarga: «Aquel que practicando su deber causa alegría a los otros, encontrará alegría en el otro mundo.» En las inscripciones sobre la roca de Asoka se lee: «Y ¿cuál es el fin de todos los esfuerzos que yo hago? Es pagar la deuda que tengo contraída con todas las criaturas, hacerlas felices en esta vida, y hacerlas ganar el cielo en la otra.» Y así sucesivamente encontrarás parecidos pensamientos en los monumentos más antiguos del budhismo, lo mismo en Ceilán que en el Tibet. Y es que Sakyamuni, como Schopenhauer, cedió a la tentación del sueño metafísico, a la vanidad que acomete a todo pensador de recrear el Universo. Pero los hombres exigimos en la solución del enigma del Universo que se halle conforme con nuestra razón y nuestra naturaleza: si sale de estos límites, la volvemos la espalda, por ingeniosa y sutil que parezca. Si el hombre, como afirman el Budha y Schopenhauer, no es otra cosa que voluntad, si la voluntad agota toda nuestra esencia, el hombre que odia en él la voluntad, odia su propia esencia. Esto es más que irracional, es monstruoso. Cómo la esencia del mundo se objetiva o se individualiza para odiarse a sí misma, la razón humana no sólo no puede imaginarlo, pero ni siquiera puede concebirlo. Un Dios creador, omnipotente, padre de todos los seres, no se le comprende, pero se le concibe. Una fuerza única, primitiva y elemental, que se individualiza, que se hace inteligente para aborrecerse, ni se comprende ni se concibe.
—Y, sin embargo, doctor, el Budha ha proferido sentencias admirables de caridad universal. «Ama a todas las criaturas vivas, ama hasta el sacrificio absoluto de tu ser, aunque tú no debieras recoger más que dolor.» «El insensato que me hace mal, yo se lo devolveré protegiéndole con mi amor: cuanto más mal vendrá de él, más bien vendrá de mí.» Así hablaba el Budha a sus discípulos.
—En efecto, es una moral pura la que se expone en la mayor parte de los monumentos del budhismo; pero esta moral flota en el aire sin fundamento alguno... Digo mal; su fundamento se halla en lo que los Santos Padres de la Iglesia cristiana llamaban razón seminal, derivada del Verbo. «Todo lo que de bueno ha sido enseñado por los filósofos, nos pertenece a nosotros los cristianos», decía San Justino. «Todos los hombres participan del Verbo divino, cuya simiente se halla implantada en su alma», decía San Clemente. ¿Es posible explicarse de otro modo la pureza de la moral búdhica, fundada en el ateísmo, en una metafísica absurda y monstruosa? Si la fuerza primitiva, si la Voluntad, como la denomina Schopenhauer, que reside en nosotros, que es nuestra propia esencia, es digna de ser aborrecida, debe serlo lo mismo en nosotros que en los demás. Un cristiano puede respetar y amar a su semejante porque ve en él, aunque alterada y borrosa, la imagen de su Dios, de un Dios santo, puro y amoroso. Pero un budhista o un discípulo de Schopenhauer, ¿por qué han de amar a su prójimo si no ven en él otra cosa que una manifestación de esa Voluntad perversa que anima el Universo para su desgracia, un caso más de la irracional sed de vida que a todos nos tiene amarrados a ella? «Ama a tu prójimo, ama a todos los seres vivos—decía el Budha—, porque tú eres eso.» Porque yo soy eso le aborrezco—debiera contestarse—, puesto que yo debo aborrecerme a mí mismo.
—En el Kempis se dice lo mismo: «Niégate a ti mismo, aborrécete a ti mismo.»
—Esas palabras, en boca de un cristiano, no significan que debamos aborrecer o negar nuestro ser esencial, nuestra alma, sino las impurezas que la manchan. «Ama a Dios sobre todas las cosas, y a tu prójimo como a ti mismo», dice el catecismo cristiano. Luego el amor de sí mismo se prescribe también. Pero lo que en nosotros debemos amar no es nuestro ser efímero, manchado de vicios, sino nuestra alma inmortal, que no se disolverá en la substancia divina como un grano de sal en el mar, sino que permanecerá en su ser eternamente, eternamente será nuestra, gozando de una alegría sin fin... Por lo demás, Schopenhauer se aprovecha deslealmente de los místicos y ascetas cristianos para la confirmación de sus doctrinas. Ningún místico cristiano imaginó jamás que, al negarse a sí mismo, negaba al propio tiempo el principio de su existencia, la Voluntad soberana que le había sacado de la nada. El santo cristiano que se inmola por el amor de Dios siente en ello alegría, porque sabe que va a gozar de este amor eternamente. Pero ¿qué alegría puede penetrar en el corazón del que se sacrifica sin más objeto que renunciar a toda vida? Por sutiles que sean las razones con que se lo disfrace, esto no es más que un suicidio. Nadie lo ha hecho; nadie lo hará. Esta clase de inmolación sólo ha existido en el cerebro de los filósofos. Los budhistas, como los cristianos, como los mahometanos, como todo el mundo, creen en la felicidad, creen que el hombre puede y debe ser feliz. Es un instinto universal y permanente de nuestra naturaleza, y los instintos universales y permanentes responden siempre a la realidad.
-Queda todavía una solución, amigo Jiménez. ¿Si el Universo hubiera sido formado por el concurso de dos principios igualmente necesarios y eternos? ¿Si entre estos dos principios existiera total independencia? En la Naturaleza encontramos siempre esta profunda división, la obscuridad y la luz, el frío y el calor, el macho y la hembra, la electricidad positiva y la negativa, etc. Parece que un dualismo primitivo e irreductible tiene dividido en dos partes a nuestro Universo.
—Sí; Ormuz y Arimán. Ese dualismo ha sido dogma religioso entre los persas en la apariencia. En realidad, por encima de estos dioses personales estaba Zerwano Akereno, el tiempo infinito, que los había sacado a entrambos de su seno. En la metafísica griega también se halla, no en lo que al bien y al mal se refiere, sino para la explicación del origen mismo y naturaleza del Universo. Al encontrarse en presencia del dualismo primitivo y radical que se observa en nuestro propio ser, proclamaron para la formación del Universo dos esencias diferentes, la materia y el espíritu. Pero estos dos principios, como los dioses Ormuz y Arimán, se excluyen entre sí, y en la mente de los filósofos, como en los espacios cerúleos, el uno concluye por vencer al otro. Si la materia es una fuerza única esparcida por todo el Universo, una fuerza necesaria e infinita de la cual los cuerpos no son más que expresiones fugitivas, entonces no habría necesidad de otro principio, no hay necesidad de espíritu, porque ella misma contendría todos los atributos de la inteligencia, inseparables de la fuerza infinita. Mas si concebimos la materia con las mismas cualidades de los cuerpos, entonces es extensa, divisible, múltiple, y no puede formar un principio único, sino un agregado de principios de infinita diversidad. Por eso el dualismo, que no es más que una ilusión de los sentidos, no ha podido sostenerse, y la historia de la filosofía hace ver que ha caído prontamente, o en un panteísmo materialista, o en un panteísmo idealista. La idea de la existencia de dos principios eternos ha desaparecido de la gran corriente del pensamiento humano. Nuestra razón, por su misma primordial naturaleza, busca siempre la unidad en la multiplicidad; es su fondo, es su ley, y en vano pretenderemos oponernos a ella.