Calló Jiménez, y callé yo también. Proseguimos silenciosos nuestra marcha por algunos instantes. Yo le pregunté al cabo:
—¿De suerte que no hay solución para el problema? ¿Jamás sabremos qué viento arrastra la nube sombría del dolor sobre nuestras cabezas? ¿Jamás sabremos el por qué de nuestros sufrimientos?
El doctor Angélico no respondió. Todavía proseguimos algún tiempo nuestra marcha silenciosos.
—Hay una solución; sí—dijo al fin, volviendo su rostro hacia mí—. Pero esta solución, la única accesible a nuestro entendimiento, la rechazan hoy los llamados intelectuales, porque viene envuelta en un dogma, en las enseñanzas de una doctrina religiosa. El hombre no quiere reconocer límites a su razón, huye irritado de quien se los señala, y buscando con anhelo la razón, cae con frecuencia en la sinrazón.... Existe el mal, no es posible negarlo; el mal es esencial a nuestra condición. Pero ¿es necesario? He aquí el verdadero problema. Si lo es, hay que declararse ateo, como los primitivos budhistas o los modernos pesimistas. La idea de un Dios consciente es incompatible con la presencia eterna del mal. Si Dios existe, el mal no puede ser otra cosa que un castigo...
—¡Un castigo!—exclamé sorprendido—. ¿Cómo es posible, si acabas de decir que es esencial a nuestra condición?
Jiménez sonrió, diciendo:
—Efectivamente, la tesis es paradójica y desde el primer momento parece inadmisible; pero ten la bondad de escuchar un momento... El castigo supone siempre una voluntad libre, por una parte, y por otra, una obligación. Pero ¿existe la voluntad libre?, ¿existe la obligación?
—Demos eso por supuesto, aunque sea largo y difícil de probar. El pecado, que es a lo que tú te refieres, es la calificación de un acto, y todo acto no puede ofrecer duda a nadie que es individual. Por tanto, el pecado supone siempre un agente libre, y es cosa incomprensible que pueda pertenecer, no a nuestra voluntad, sino a nuestra naturaleza.
—Sí, sí; no te esfuerces más en mostrar la paradoja: ya he convenido yo en ella... Mas ¡si existiese un elemento de pecado en la naturaleza humana independiente de las voluntades individuales!... Parece monstruoso, ¿verdad? Examínate a ti mismo, sin embargo; escruta los senos de tu conciencia, y hallarás que cometes algunas faltas sin darte cuenta precisa de ellas, que eres arrastrado a cometerlas, no por un acto firme y deliberado de tu voluntad, sino por un impulso que te parece irresistible de tu corazón, en realidad, por la fuerza del hábito. ¿Qué es lo que llamamos en el terreno moral un pecador empedernido? Un hombre que, por la costumbre de practicarlo, no puede resistir ya a la fuerza del mal. Aquí tenemos, pues, una naturaleza viciada, esto es, una naturaleza en la cual el mal que se produce no proviene directamente de la voluntad. Pero si no proviene directamente y en cada momento, su origen se halla, no obstante, en ella. Es un acto primitivo de su libertad quien lo ha engendrado; el mal ha penetrado en su alma porque voluntariamente le ha dejado la puerta abierta, y una vez entrado, se ha apoderado de él y de su misma voluntad. No hay duda, pues, que es posible la existencia de una naturaleza corrompida. La voluntad no es siempre el origen de nuestros actos.
—Pero como tales actos provienen de un acto primitivo engendrado por la libertad individual, resulta que ha habido siempre un agente libre, y que a éste se le puede exigir la responsabilidad. No es éste el caso de la responsabilidad exigida por los actos ejecutados por otro.