—Desde luego que no es el mismo caso. Lo único que quería dejar sentado es que no somos totalmente responsables de nuestros actos en muchos casos, sino solamente de un modo parcial y relativo, o, lo que es igual, que en el curso de nuestra vida solemos ser esclavos de nuestras tendencias y aficiones. Que tales tendencias hayan sido provocadas por el uso anterior de nuestra libertad no impide que formen parte ya de nuestra naturaleza. Pero ¿no existen en nuestra naturaleza otras tendencias que las engendradas por el uso de nuestra libertad? Recuerda a tu padre, y dime sinceramente si en tu modo de proceder en la vida, si en tus aficiones o en tus manías no existe en tu naturaleza una gran parte de la de él. Tu padre podría decir lo mismo del suyo, tu abuelo igual, y así sucesivamente. El pecado, pues, sin dejar de ser pecado, esto es, el acto de un agente libre, es transmisible. El pecado, aunque proceda de un acto de libertad, se halla incorporado a nuestra naturaleza. Y que nuestra naturaleza está viciada, no puede ofrecer duda. En todos los países y en todos los tiempos que nosotros podamos recordar, el hombre, si sale inocente del vientre de su madre, no tarda mucho en mostrar su tendencia al mal, en afirmar su miserable yo, desconociendo el derecho de los demás seres. ¿Procederá esta tendencia perversa de la constitución misma de nuestra naturaleza? Entonces el mal es necesario, y ya no será mal, sino bien; porque lo que no puede ser de otro modo que lo que es no debe ser designado por una negación, sino por una afirmación; entonces el mal no es el desorden, sino el orden, y la naturaleza misma nos abre el camino para que sigamos francamente por él, sin cuidarnos de otra cosa. ¿Procederán las malas tendencias de nuestro corazón de un acto primitivo de libertad? ¿Quién ha realizado, entonces, este acto, mediante el cual nuestra naturaleza se ha corrompido? Necesariamente ha de ser un agente libre, y éste ha de ser un individuo humano. Pero este individuo humano, ¿habrá sido como nosotros? Desde luego, pero al mismo tiempo necesitaba ser distinto de nosotros, porque si no hubiese en él más que una naturaleza individual, la responsabilidad exigida a los demás por sus actos sería una monstruosa injusticia. Para que tal responsabilidad tenga lugar, necesario es que ese agente libre sea la raíz misma del género humano; que no sea un individuo en el sentido corriente que damos a esta palabra, sino un individuo primitivo que encierre dentro de si el germen de todos los demás individuos que componen la Humanidad. Sus actos no eran solamente individuales, sino universales, porque en él estaba presente la Humanidad entera. Existe, pues, un desorden esencial, fundamental, en la Humanidad, que es el origen del mal; este desorden es el efecto de una caída, de una degradación; esta caída es la obra de nuestros primeros padres.

—Es difícil, doctor, que podamos resignarnos al castigo de un acto ejecutado por otros. El hombre encuentra repugnancia en sentirse ligado a otros hombres de tal modo, que su alma forme parte de la suya.

—Y, sin embargo, ¡cuán cierto es, querido amigo! Nosotros formamos una gran unidad; millones de hilos invisibles y misteriosos nos ligan los unos a los otros; nadie puede aislarse, nadie puede decir: «Este acto es mío, absolutamente mío.» Para el Ser Supremo, la Humanidad entera es un solo ser en aquel que los ha engendrado a todos. Lo que te estoy diciendo no es un producto de la especulación, un dato de la razón, sino de la experiencia. Gritamos que la responsabilidad debe ser siempre individual, pero de hecho aceptamos humildemente la colectiva. No hay hombre que en el fondo de su corazón no se sienta en cierto grado responsable, no sólo de los actos de su raza, sino también de los de su nación, y hasta de los de la sociedad de que forma parte o de los del cuerpo a que pertenece. No hace muchos días que un pobre fraile, recién llegado de Filipinas, me narraba sus desdichas en las jornadas desastrosas de hace algunos meses. Le cogieron prisionero los naturales insurrectos, le maltrataron bárbaramente, le tuvieron encerrado en un lugar infecto, le hicieron trabajar cargándole como un mulo, y hasta, ¡cosa inaudita!, como un mulo le engancharon a una carreta. Pues bien, este fraile me decía, bajando tristemente la cabeza: «Ha sido un castigo justo del Cielo, porque habíamos cometido muchos excesos.» Lo cual quiere decir que este pobre religioso, que es un santo, incapaz de cometer el más pequeño exceso, aceptaba resignado la responsabilidad de los cometidos por sus hermanos de religión... Una de dos, pues, amigo mío: o el mundo está fundado sobre una monstruosa injusticia, o existe la responsabilidad colectiva, porque de hecho pagamos siempre las faltas de los otros. O hay que aceptar la unidad del género humano, o hay que decir adiós a la idea de justicia, y entonces, ¿de dónde nos viene esa idea?

—De todos modos, doctor, la solución que me propones es un dogma, no es una doctrina filosófica.

—Es un dogma que encierra una doctrina filosófica. No te diré que satisfaga por completo a todas las exigencias de nuestra razón. Los dogmas no se identifican con la razón, porque entonces no habría necesidad de ellos. Pero búscame otra doctrina que menos la contraríe.

—El dogma del pecado original supone la procedencia de una sola pareja, y el darwinismo, que es la última palabra de la ciencia, considera al hombre como el coronamiento de una larga evolución del reino animal.

—Yo no sé, ni puede saberlo nadie, si el hombre es el resultado de una evolución. Es verosímil..., acaso sea verdad. Pero si el hombre, con los caracteres de tal, se ha desprendido del animal, tuvo que ser en un momento determinado del tiempo. Pues bien, en ese instante feliz y supremo en que un ser inteligente y libre parece sobre nuestro planeta, pudo efectuarse el funesto acto de libertad que le ha degradado, haciéndole perder su inocencia... Por lo demás, ni el darwinismo ni ninguna otra de las conquistas de la ciencia podrá dañar jamás a la verdad cristiana si no es momentáneamente. Todas estas conquistas, que principian oponiéndose a ella ferozmente, terminan convirtiéndose en leales servidores. Echa una mirada a la Historia... La nave del cristianismo acababa de salir de los mares de la herejía. Sus velas, mojadas por los chubascos, pendían flojas y desmayadas de los mástiles. La tripulación, rendida por la lucha prolongada contra las sutilezas y sofismas de la Edad Media, dormía esparcida sobre cubierta... Fuerte sacudida los despertó a todos. Habían entrado sin sentirlo en el mar de la ciencia. Una ola negra, alta y temerosa avanzaba sobre ellos, amenazando sepultarlos. Era la nueva cosmogonía de Copérnico pregonando el movimiento de la tierra. La tripulación lanzó un grito de espanto, creyéndose perdida. Pero la ola batió con furor los costados de la barca, echó algún agua dentro, y pasó sin hacerla zozobrar. Apenas repuestos del susto, llega otra: la antigüedad de la Tierra. El Génesis va a quedar deshecho. Los teólogos de la tripulación se alborotan y gritan. La ola pasó también y dejó la nave intacta. Detrás viene otra: la pluralidad de los mundos habitados. ¡Oh cielo! ¿Cómo explicar la existencia de otras tierras habitadas con el acto de la redención? Los teólogos experimentan nueva consternación. Pero la ola pasa como las otras. El sol de la fe luce más radiante. La redención es un acto voluntario de Dios, y lo mismo puede producirse habiendo muchos mundos habitados, que habiendo uno solo... Ya llega bramando otra; la teoría darwinista de la descendencia del hombre. ¡Qué grande es, y qué negra, y qué aterradora! ¡Infeliz navecilla, de ésta no escaparás! Y, en efecto, la barca queda sepultada en el obscuro abismo de la ola como en las fauces siniestras de un monstruo. El Cristianismo ha muerto... ¿Quién lo ha dicho? ¡Mira, mira hacia arriba! Cabalgando sobre la ola negra y rugiente, ya asoma de nuevo la velita blanca. Acabo de leer el libro de un sabio darwinista americano, John Fiske, en que demuestra, por medio de las teorías de Darwin, que el hombre es el fin de la creación, y que jamás habrá sobre la tierra un ser más elevado que el hombre. El libro termina con estas palabras, que parecen de un teólogo más que de un naturalista: «La revolución operada por Darwin ha colocado a la Humanidad en el pináculo más alto de cuantos ha ocupado. El sueño de los poetas, las instrucciones de los sacerdotes y profetas y la inspiración de los grandes músicos se confirman a la luz del moderno conocimiento. Del mismo modo que nos congregamos para el trabajo material de la vida, debemos esperar que pronto lo estaremos en un sentido más verdadero; cuando llegue a ser este mundo el reino de Cristo, y reine para siempre como Rey de los reyes y Señor de los señores.»

—Estás elocuente, y hasta un si es no es poético—dije sonriendo.

Pero Jiménez, sin hacerme caso, continuó:

—Y es que el hombre jamás, jamás podrá desprenderse de esta verdad, adquirida de un modo sobrenatural y sellada con tanta sangre. La existencia de un Dios perfecto y de un mundo imperfecto, de una bondad infinita y omnipotente con las miserias de la vida, es, sin disputa, el problema de los problemas. Los filósofos deístas más grandes, Platón, Aristóteles, Plotino, Descartes, Leibnitz, se han esforzado vanamente en hallar una explicación satisfactoria. Los mismos teólogos, cuando, sostenidos tan sólo por su inteligencia, lo abordan, se les ve claramente vacilar, el terreno se hunde bajo sus pies, y, al cabo de sabias disquisiciones, nos dejan sumidos en las mismas tinieblas. Mas el grande, el pavoroso problema, que no quiere ser resuelto en la inteligencia de los grandes filósofos, entrega, no obstante, su secreto al corazón de los justos. Pregúntale a un hombre de corazón sencillo, a un espíritu encendido en la llama de la caridad, pregúntale si halla incompatible la bondad de Dios con las imperfecciones de este mundo, y te mirará lleno de asombro. Para él semejante problema no existe. Y es que él no contempla la esencia del mundo desde fuera, como nosotros, no es un espectador curioso, sino un actor profundamente interesado en la representación del gran misterio de la existencia. Su alma está amasada ya, fundida en el alma divina, participa de su sabiduría infinita, y sabe absolutamente que lo que es, es lo que debe ser, que lo que él quiere, es lo que quiere Dios. Sabe que su espíritu ha salido ya del limbo obscuro de la posibilidad para convertirse en acto, y que el acto es perfección. Es un colaborador del hecho universal; sabe que viene del amor y que marcha hacia el amor, y sabe que el mundo es lo mismo que él. En el espíritu del justo lo inteligible y lo real se confunden, porque su razón está íntimamente unida a la esencia de las cosas; en él se unen el pensamiento y el ser para constituir la verdadera ciencia, la ciencia completa, que en los demás está fraccionada. Nuestra alma está hecha de la misma masa de la verdad. Sólo cuando dudamos de ella nos hundimos en el error, como se hundía San Pedro, el pescador, marchando sobre las aguas, cuando sentía vacilar su fe.