—Vamos, me recomienda usted el orgullo.
—No se lo recomiendo, porque sería inútil. Se habla mucho del orgullo de los hombres. En el curso de mi vida, que ya va siendo larga, no he tropezado más que con humildes. Los hombres que me han señalado por su orgullo no tendrían inconveniente en humillarse ante cualquiera en secreto, con tal de obtener alguna preeminencia ante el público; serían capaces de sentarse como lacayos en el pescante de un coche si los demás creyéramos que iban dentro.
—Muchas gracias, en lo que a mí se refiere.
—No puedo referirme a usted. Hemos convenido en que su amabilidad es exagerada, y aspiro a corregirle de ella.
—Pero la amabilidad, en el fondo, es un acto de caridad con el prójimo.
—Perfectamente. Sea usted amable por caridad, y no tendrá jamás motivo para arrepentirse de ello, como hace un momento. Porque, aunque usted no lo piense, nuestra intención se trasluce siempre; somos más transparentes para los demás de lo que nos figuramos. Si su interlocutor advierte (y repito que lo advertirá inmediatamente) que es usted amable con él por caridad, porque le respeta y le ama como prójimo, no como don Fulano, hombre adinerado, o senador o general, entonces todo marchará bien. Don Fulano, en el fondo, se sentirá un poquito humillado; pero esta humillación es saludable para él y le obligará a no abrir las puertas a la vanidad. ¡La vanidad! Aquí está el toque de todo. Usted es un joven que comienza a distinguirse en el mundo literario.
—Muchas gracias; esta vez sin ironía.
—Pues bien; en las relaciones con sus compañeros, a lo menos en las de pura cortesía, no tropezará usted con graves dificultades. Los literatos tienen un temperamento delicado, su inteligencia está cultivada, saben disimular sus impresiones. Además, si usted logra hacerse un nombre en las letras, poco o mucho, sus compañeros le respetarán, porque saben que, al respetarle a usted, se respetan a sí mismos. ¿Pero los demás? El mundo literario es un grano de mostaza dentro de esta gran bombonera en que vivimos. En el mundo hay mucha gente ruda, incapaz de ocultar sus pasiones o, por mejor decir, su vanidad; porque ésta es la pasión dominante, la que las resume todas. Particularmente los advenedizos, los recién llegados a la riqueza o al poder, no se andan con melindres para tirársela a la cabeza a los otros: tienen casi todos la insolencia del esclavo emancipado y guardan el rencor de los puntapiés recibidos por ellos o por sus padres. Son gente peligrosa para las naturalezas susceptibles... Figúrese usted que traba conocimiento con uno de éstos, con un banquero, con un indiano opulento, con un rentista. En la primera etapa, su nuevo conocido, cediendo a los instintos de sociabilidad que todos tenemos, y un poco halagado quizás por hacer amistad con una persona estimada del público, se mostrará afectuoso y amable. Mas al cabo de algún tiempo, no mucho, su flamante amigo le tropezará en la calle, y volverá la cabeza sin saludarle. Se encontrarán de nuevo, y de nuevo pasará sin hacerle caso, o quizás le dirija a usted una fría mirada desdeñosa. Usted queda estupefacto: no comprende lo acaecido en el espíritu de aquel hombre, suponiendo que aquel hombre tenga espíritu. Pues es muy sencillo. Es que ha nacido en su cerebro la siguiente terrible sospecha: «Este señor a quien me han presentado es posible que se considere, porque ha leído muchos libros y le aplauden los periódicos, superior a mí, que tengo cuenta corriente en tres Bancos distintos y soy senador vitalicio.» Y atenaceado por tan infernal pensamiento, sin pararse a averiguar si a usted se le ha pasado por la imaginación semejante monstruosidad, le dedicará desde entonces un odio mortal.
—¿Un odio mortal?
—Sí, un odio mortal. En la mayoría de los corazones hay tal vacío que, en cuanto se le hace un pequeño agujero, el odio se precipita dentro silbando. Importa, pues, que usted se precava contra estas molestias, que para los hombres sinceros y afectuosos llegan a ser disgustos. No sea usted huraño, pero tampoco amable. En una sociedad ruda y grosera el amable queda sumergido. Cuando usted anude relación con cualquier persona del sexo masculino, sea quien sea, lo primero que debe proponerse es hacerle comprender que no la necesita, que no espera nada de ella.