—Vamos, que no pretenda emplearla como medio, que diría Kant.

—No conozco a Kant, ni estudié filosofía; pero yo me entiendo, y usted, al parecer, me entiende. Para ello, le repito, es necesario que no se muestre excesivamente cortés. Los hombres no atribuyen jamás una gran amabilidad a la efusión natural de un corazón bondadoso, sino al deseo de captarse su simpatía con algún fin. De aquí que inmediatamente se pongan en guardia. Un poquito frío, un poquito despegado siempre; naturaleza de anguila, que se deslice de las manos fácilmente. Hágase el distraído alguna vez en la calle, no sea usted puntual a todas las citas, no devuelva todas las visitas... ¿Se ríe usted? En efecto, comprendo que éstas son minucias despreciables. Las mujeres no sabemos otra cosa. Pero una chinita introducida entre el calcetín y la bota es también una minucia..., y ya sabe usted lo que ocurre.

Todavía me dió la buena señora otros consejos y me hizo multitud de observaciones que ahora no recuerdo. Han pasado desde entonces muchos, muchos años. En el transcurso de ellos tuve no pocas veces ocasión de exclamar:

—¡Oh, Solón, Solón!

Pero no; aquella vieja sabía mucho más que Solón.

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