—¡Vamos, ya saltó a Viena!—murmuraba entre dientes Martínez.
Otro día dijo:
—Al llegar a San Petersburgo...
—¡Arrea!-gruñó el irascible tenedor de libros—. ¡Nada menos que en San Petersburgo!
Por fin, una tarde en que el buen Esteve se hallaba de vena, comenzó tranquilamente su relato de este modo:
—A los dos días de estar en Sebastopol me aburría soberanamente...
—¡Rayo de Dios! ¡Sebastopol... ¡Esto es intolerable!—rugió Martínez.
Esteve levantó la cabeza sorprendido y dirigió una vaga mirada a su interruptor, sin comprender. Este bajó la suya, y entonces el amigo Esteve siguió, con la misma tranquilidad:
—Me aburría soberanamente. Un oficial ruso con quien trabé conocimiento en el hotel me dijo: «Estoy destinado a la fortaleza de Soukhoum-Kaleh. Mañana me voy. ¿Quiere usted hacer este viaje conmigo? El mismo barco que nos lleva le puede a usted traer. Es cosa de ocho días la excursión, y se divertirá y verá cosas nuevas.» Dicho y hecho; al día siguiente me embarco en un mal vapor, y en dos días llegamos al puerto de Soukhoum-Kaleh, en la Abkhasia. ¡Caballeros, qué vegetación! ¡Qué lozanía, qué atmósfera cálida y húmeda! Todo era allí exuberante y salvaje, lo mismo la tierra que el hombre. Igual impresión produce la Abkhasia que los alrededores de Río Janeiro...
—Pero, oye, camarada, ¿cuándo has estado tú en Río Janeiro?—interrumpió uno de los tertulios.