Esteve fingió no oir, y siguió imperturbablemente:
—Se encuentran los mismos árboles que en las regiones más cálidas de América; pero los naturales, que son verdaderos salvajes, no aprovechan aquel suelo privilegiado, y sólo cultivan el arroz, la cebada y verduras. Confieso que a los dos días de estar allí me aburría aún más que en Sebastopol. Maximitch, que así se llamaba mi compañero, no salía del café, y me obligaba a beber aperitivos sobre aperitivos. ¡Qué hombre aquel Maximitch! Pasaba la vida abriendo el apetito, y no se cuidaba de cerrarlo jamás. Curaçao, bitter, vermouth, ajenjo, amer Picón, etc., etc. Era un erudito en materia de estimulantes y, cuando llegaba la hora de comer, prefería quedarse en el café abriendo el apetito. Le pasaba lo que a aquellos catedráticos que tuvimos después de la revolución de septiembre, que dejaban transcurrir el año explicando la introducción al estudio de la asignatura, y llegaba el fin del curso y todavía no habíamos entrado en ella. Pues, como digo, me aburría, y para entretenerme hasta la salida del vapor propuse a Maximitch...
Es de saber que cuando Esteve pronunciaba el nombre de Maximitch, Martínez lanzaba un quejido apagado, como si le tirasen un pellizco.
—Propuse a Maximitch que hiciésemos una excursión por el país. El célebre monte Elbrons no estaba muy lejos, y aunque no llegásemos a la cima, por lo menos visitaríamos sus vertientes, que son muy dignas de verse. Maximitch accedió de mala gana, pero accedió al fin. Montamos en un mal carricoche, y nos lanzamos por aquel hermoso país, donde crecen, como en Nápoles, el laurel, el almendro, el limonero, el albaricoquero y el moral. Dormíamos en las cabañas, hechas de tablas, de algunos de aquellos bárbaros, que nos hubieran asesinado por cristianos si no fuese por el terror que les inspiran los rusos. Según nos acercábamos al Elbrons, la vegetación iba cambiando. Ya no se veían más que encinas y chopos y plátanos. Por fin tuvimos que dejar el carricoche, porque los caminos ya no lo consentían, y montamos en burros para realizar la ascensión del monte. A las pocas horas de subida ya no se veían en torno nuestro más que bosquecillos de pinos, abetos y lárices. Encontramos aguas minerales de muchas clases que aquí serían una riqueza inmensa: el pórfido verde y encarnado asomaba por todas partes...
¿Por qué estos detalles instructivos ponían tan fuera de sí a Martínez? No acierto a explicármelo, pero es exacto que bufaba y se espeluznaba como los gatos acosados en un rincón. Esteve le dirigía de vez en cuando una mirada de curiosidad benévola, sin sentirse más ni menos turbado por sus gestos insólitos.
—Subimos hasta una altura muy respetable, pero no nos decidimos a alcanzar la cima, porque la ascensión era demasiado penosa. Maximitch ya la había llevado a cabo otras dos veces, y comprendí que no tenía gana de repetir. Nos detuvimos en una miserable aldea enclavada en la sierra, y, resueltos a pasar allí la noche, nos metimos a descansar en una casucha de donde, previamente, Maximitch había arrojado a puntapiés a su dueño. Nos sentamos a una tosca mesa, y Maximitch sacó de las alforjas una botella de ajenjo, y nos pusimos a beber, a fumar y a charlar. Aquel bruto se bebía casi puro el ajenjo: yo le echaba bastante agua.
»—Cerca de estos sitios—le dije al cabo de un rato—fué donde el tonante Júpiter encadenó al titán Prometeo a una roca, castigando la audacia de haber robado el fuego al cielo.
»—Ya lo sé—respondió Maximitch chupando un cigarro—. Conozco a Prometeo.
»Yo le miré sin comprender. Maximitch me miró a su vez con ojos chispeantes de malicia, gozando algunos instantes de mi sorpresa.
»—Sí; conozco a Prometeo, y conozco el sitio donde se halla todavía encadenado. En menos de dos horas puede un hombre de buenas piernas trasladarse allá.