»Prometeo guardó silencio unos instantes, y al cabo exclamó, con voz aún más temerosa:

—¡Las artes industriales!... Sí; señaladas estaban en mi pensamiento para emanciparos del yugo cruel de las fuerzas, que Plutón y Neptuno manejaban en vuestro daño. Desde esta roca desolada seguí con ansiedad y alegría vuestros primeros esfuerzos, coronados, como siempre, de éxito feliz. Fuisteis señores de los mares; pusisteis riendas a los vientos, dirigiéndolos dócilmente; arrancasteis a Plutón parte de sus tesoros y calentasteis vuestros días ateridos; aprisionasteis los vapores de la atmósfera y los hicisteis servir a vuestros menesteres como esclavos de brazos poderosos; llegasteis a evocar esa otra fuerza indómita y misteriosa, creadora y destructora de los mundos, y esa fuerza, cediendo a vuestra ardiente súplica, consintió en iluminar vuestras viviendas con la clara luz del sol, en transportar vuestro pensamiento y vuestra voz al través de las montañas y los mares... Por último, llegasteis a lo que nosotros, los inmortales, jamás logramos conseguir, a burlar la cólera de Júpiter, desviando de vosotros su rayo abrasador... ¡Cuán orgulloso estaba yo de vuestros progresos! ¡Qué risa inextinguible me acometía contemplando la inquietud de Júpiter y los celos de los dioses! Mas, ¡ay!, que no es de vuestra condición el detenerse en la hora que el tiempo ha señalado, ni tampoco fijar un límite al insaciable deseo. Yo os había iniciado en la alta ciencia de los números, la que engendra la armonía entre las cosas creadas, pero vosotros muy pronto la olvidasteis. Arrastrados por ciego frenesí, no comprendisteis que de esas artes yo os había hecho el don para elevaros cada día más alto. Rompisteis las cadenas que os sujetaban a la tierra, pero en vez de remontar el vuelo, os revolcáis groseramente en ella. Vuestras prodigiosas invenciones no las utilizáis para penetrar el misterio que os rodea, para depurar y fortificar vuestro espíritu con la belleza y la verdad, para gozar la gran felicidad que en mis sueños os tenía reservada, la de amar y vivir los unos para los otros... No; si arrancáis a la Naturaleza sus secretos, es para aumentar y refinar vuestro deleite, es para dar gusto a ese vientre, que amenaza tragaros el cerebro. ¡Ah, las artes industriales sirven para embruteceros, no para deificaros!... ¿Sois felices? Decídmelo. No; la molicie jamás hará dichosos a los efímeros. Sedientos de goces y blanduras, erráis al través de la tierra como la triste Io, la virgen calenturienta y encornada, que, picada del tábano, salvaba los ríos y las montañas, sin reposarse jamás...

»—¡Pero hemos conquistado la libertad social, Prometeo!—me atreví a gritarle.

»—¡Nosotros la estamos conquistando!—gritó Maximitch con orgullo.

»—¡La libertad social!—respondió el titán—. Sí; algunos ya la habéis logrado... Yo fuí quien os prestó el más eficaz socorro, infundiendo en vuestros pechos el entusiasmo y el desprecio de la vida. ¡Cuán poco la habéis aprovechado! ¿Os ha servido para desterrar la injusticia, para vivir en paz unos con otros? Por un miserable puñado de oro lleváis la desolación a los pueblos que viven inocentes y tranquilos, bien apartados de vosotros; por el derecho de sacrificarlos, los que os llamáis civilizados os destrozáis en el campo de batalla con más furor que los tigres en el desierto. He querido libertaros de la tiranía de Júpiter, y los unos habéis caído en la de una mayoría inconsciente y grosera, los otros bajo la opresión de una oligarquía de políticos rapaces..., ¿Sabéis lo que pienso?... Que si a mí no me es posible impetrar ya nada, vosotros aún podéis reconciliaros...

»—¿Reconciliarnos con quién?—preguntó Maximitch.

Al llegar aquí en su maravilloso relato el buen Esteve, levantóse bruscamente Martínez de la silla, haciendo caer una copa y rompiéndola en pedazos.

—¡Vive Dios que tales barbaridades ninguna persona formal puede escucharlas! ¡Este hombre está borracho!

Y se dirigió a la puerta como un rayo. Antes de salvarla, Esteve le respondió con energía:

—¡No estoy borracho, no, señor mío!—pero inmediatamente añadió, bajando la voz y guiñándonos un ojo:—En aquella ocasión es posible que lo estuviese, porque Maximitch y yo amanecimos tumbados en el campo, bien lejos de la aldea donde debimos pernoctar.