»—¡Escucha; Prometeo está hablando!—me dijo Maximitch apretándome nerviosamente una muñeca.
»Escuché; pero no logré percibir más que unos sonidos confusos y bárbaros. Noté que eran articulados, pero su significación me escapaba por entero. Al fin creí coger una palabra: era una imprecación. Después percibí otras cuantas, y acostumbrado mi oído, logré entender que el titán hablaba en griego. Maximitch puso los dedos en la boca y lanzó un silbido penetrante. Cesó la voz sobrenatural, pero al momento volvió a sonar, haciendo una pregunta que no entendí. Maximitch, que sabía un poco de griego, respondió gritando en francés:
»—¡Ah, sois dos efímeros!-replicó también en francés la voz formidable—. ¿De dónde venís?
»—Yo soy oficial ruso—gritó Maximitch.
»—Yo soy corresponsal de El Pueblo Libre—grité con todas mis fuerzas, que eran pocas.
»—No conozco ese periódico... ¡Hay tantos!, ¡tantos!... Esa preciosa conquista me la debéis a mí, como todas las demás. Gracias a la prensa, los mortales os ponéis en comunicación espiritual al través de las distancias, conocéis vuestras miserias y tratáis de remediarlas, denunciáis las injusticias, difundís las felices invenciones de los sabios... Yo estaba orgulloso cuando vi, húmeda todavía, salir la primera hoja periódica de vuestros tórculos. Me aplaudí y me felicité de haber robado al Olimpo la sagrada chispa que pone en movimiento vuestras máquinas... Pero ¡ay!, el tirano del cielo, el brutal Júpiter, sabe desbaratar todos mis planes y los vuestros, y trueca con su mano vengativa lo útil en pernicioso... Esa maravillosa invención os mantiene en perpetuo afán, estimula noche y día la soberbia, la envidia, la cólera, fatales euménidas que no os dejan un instante de reposo. Destinada por mí a difundir entre vosotros la verdad y la justicia, hoy parece dedicada a sembrar la frivolidad y la inquietud. La fiebre de la publicidad os aniquila. Los frutos de la sabiduría no maduran ya en vuestros jardines, porque con mano ansiosa los recogéis verdes para nutrir vuestra vanidad. Y esos frutos ácidos os envenenan y enflaquecen...
»—¡Prometeo, la prensa es quien llama la atención del público hacia el mérito!—grité yo más irritado que medroso.
»—La prensa no es una corona ya, sino un rasero. El verdadero mérito corre a esconderse para no ser confundido con las eminencias que fabricáis a diario con indiferencia inconsciente, no con amor, como yo esculpía mis estatuas, infundiéndoles un soplo de vida... ¡Cuántos dolores me habéis costado, cuántos!
»—A ti te debemos, glorioso titán, la chispa del fuego que ha transformado la tierra por medio de las artes industriales. Nuestro bienestar, la civilización del género humano, dependen de ese precioso don que tú nos has hecho—le grité entonces para halagarle.