»—Sí; me atrevo.

»Maximitch penetró en la cueva, y yo le seguí. La cueva, estrecha al principio, se ensanchaba después. La obscuridad era absoluta, pero el pavimento suave, como formado de arena. Maximitch me había dado el cabo de su bastón, y, asido a él, marchaba sin temor a quedarme atrás. Cuando hubimos caminado más de media hora en esta forma mi compañero se detuvo.

»—Aquí hay un paso muy estrecho—dijo—. Es necesario echarse al suelo y pasar a rastras. Voy a hacerlo yo y, en cuanto esté del lado de allá, te llamaré.

»Sentí que me dejaba y se echaba a tierra. A los pocos instantes oí su voz:

»—Ya estoy del otro lado. ¡Al suelo!, ¡al suelo!

»Me eché, en efecto, boca abajo, y penetré por un estrecho agujero, y comencé a arrastrarme penosamente. Aquello parecía el tubo de una cañería. Mas he aquí, amigos míos, que al llegar a cierto sitio, o porque se estrechara más el tubo, o por el gran miedo que yo llevaba, observo que no puedo avanzar. Aterrado por tal observación, quiero retroceder, y tampoco puedo hacerlo. ¡Qué angustia horrorosa! Comencé a sudar por todos los poros de mi cuerpo, pero un sudor frío, el sudor de la muerte, que vi más cerca que os veo a vosotros. El instinto de conservación se reveló en mí, sin duda, y dando un grito, y haciendo un supremo esfuerzo, conseguí arrastrarme, y al instante caí en los brazos de Maximitch, que me esperaba a la salida. Me preguntó por qué había gritado; se lo expliqué y noté que se reía, y no me hizo gracia. Caminamos todavía largo rato por el túnel, en tinieblas. Al fin noté en el rostro vivo fresco, y Maximitch me dijo:

»—Estamos cerca de la salida.

»Salimos, en efecto, pero fuera hacía casi tan obscuro como dentro: la luna había desaparecido: sólo brillaban en el cielo algunas estrellas. Iba a dar un paso, pero Maximitch me retuvo fuertemente por el brazo. Me explicó que estábamos al borde de una profunda sima.

»—¿Ves ese picacho que tenemos ahí enfrente?—me preguntó—. Pues en esa roca está amarrado Prometeo.

»Yo me deshacía los ojos, pero no veía más que la enorme y obscura masa de un monte. Por encima de nuestras cabezas revolotearon con medroso rumor algunos pajarracos. Maximitch me dijo al oído que eran las águilas encargadas de roer las entrañas a Prometeo, y que se remudaban sin cesar en esta feroz tarea. Sentí un escalofrío de terror correr por todo mi cuerpo, y quise suplicar a mi compañero que diésemos la vuelta y dejásemos tales horrores; pero en aquel instante llegó a mis oídos un ruido formidable, como el de un trueno, de una voz y de un aullido al mismo tiempo. Quedé yerto: los cabellos se me erizaron.