Guardó silencio obstinado la dama, en la actitud firme e imponente de una deidad herida. Miguel se humilló, se llamó bestia, se declaró indigno del amor de un alma tan elevada.

—¡Oh, nunca creyera de ti!...—exclamó ella al fin. Y un torrente de lágrimas se desprendió de sus ojos.

—¡Perdóname!

—¡No!

—¡Sí!

—¡No!

—¡Fue un momento de extravío!

Al fin las súplicas vencieron su ánimo, y el joven quedó absuelto.

Pero el carruaje se aproximaba ya al término de la carrera, y Miguel no sabía qué partido tomar.

Después de otro intervalo de silencio en el que procuró concentrar todas las fuerzas de su espíritu, volvió el ataque.