—¡Tú no me quieres!—dijo en tono quejumbroso, adoptando a su vez la actitud de hombre agraviado.
—Bien sabes que no es verdad; bien sabes que te quiero, que te adoro con toda mi alma.
—¡Oh, si me quisieras, me darías esa prueba inequívoca de tu amor!
—¡Oh, Miguel! ¡Siento desde ayer un vacío tan grande en mi corazón!... ¡Parece como si me hubieran arrancado la última creencia, el último pensamiento consolador! ¡Por qué habremos arrastrado nuestro amor por el lodo!
A Miguel le hizo poca gracia esto del lodo. Buscó con afán argumentos para contrarrestar la lógica de la generala.
—Pues yo te digo que desde ayer te adoro aún con más entusiasmo... que no ha menguado el amor y la admiración que me inspiras... Pero quiero que seas mía, completamente mía... como yo lo soy tuyo... en cuerpo y en alma.
Después de muchas protestas de cariño por una y otra parte, Miguel volvió solapadamente, dando grandes rodeos, a su tema. No, él no quería rebajar la dignidad de su dueño, él no quería manchar el amor que se tenían; por eso buscaba un sitio que mereciera albergarlo algunos momentos: la misma casa de la generala.
Esta recibió la proposición sin enfado; pero no quiso aceptarla. Era inadmisible por el riesgo que se corría; se enterarían los criados, o el portero, o los vecinos...
—No, no se enterarán; tomaremos precauciones; tú subes primero, después me abres la puerta...
—Pero los criados lo oyen todo; la puerta está cerca de la cocina; además, hay un chico encargado de abrir...