Miguel insistía apretando el ingenio para combatir los temores de la generala: ésta amontonaba las dificultades, dejando, no obstante, entrever más o menos lejano, el triunfo del joven.
Paró el carruaje. Se encontraban frente al número designado. Miguel vaciló un instante sin saber qué hacer: al fin salió del coche y entró en la casa para disimular; al pasar por delante de la portería, preguntó:
—¿El señor don (el nombre de un personaje político que habitaba en aquella calle), no vive aquí?
Dentro de la garita, cenaba el portero con su mujer y sus hijos: al escuchar la pregunta levantó la cabeza.
—¡Oh, no señor! se ha equivocado V.; la casa de don... queda mucho más atrás, en el núm. 62...
—¡Ah!... pues me habían dicho... ¿Dice V. que en el núm. 62?...
—Sí señor, hace muchos años que vive en la misma casa.
—¿Cuarto?
—Me parece que segundo.
—Muchas gracias.