Al pronunciar estas palabras el hijo del brigadier creía sentir lo que decía, y estaba realmente conmovido.

—Gracias, Miguel, eres generoso conmigo; pero tu generosidad no me excusa... Tengo tanta culpa como tú.

Las lágrimas seguían cayendo en abundancia de los ojos de la generala. Mientras procuraba convencerla de su inocencia, prodigábala nuestro joven mil caricias apasionadas, sin miedo ya a ser visto de los transeúntes. El interés de la escena le embargaba. Por otra parte, la noche había avanzado un poco, y las calles que recorrían no eran de las más transitadas.

Llegaron a la de las Huertas. Lucía se apeó delante de su casa y entró; Miguel siguió en el carruaje y lo despidió en la primer esquina: allí aguardó a que la generala entreabriese el balcón de su gabinete para entrar también.

Lucía habitaba el piso segundo (derecha e izquierda) de una magnífica casa recién edificada; tenía un número considerable de criados, aya inglesa para la niña primera, cochero, lacayo, dos troncos de caballos, uno de ellos de valor, etc., etc. Mucha prisa necesitaba darse el general Bembo a recoger lo que por tantos agujeros se le escapaba a su media naranja.

Miguel, vista la señal, subió a la casa con paso firme y decidido para que el portero no le detuviese. Lucía le esperaba en lo alto de la escalera.

—Entra sin hacer ruido—le dijo apagando la voz cuanto podía;—así... sobre la punta de los pies...

Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia lujosamente decorada, las paredes de raso azul, los muebles forrados de la misma tela, se dejó caer en un diván, reteniendo la mano de Miguel que tenía cogida.

—¿No sabes?... he despachado al chico de la puerta con un encargo, y a mi doncella con otro... Pero aún nos pueden oír... ¡Mucho cuidado!

El joven se sentó a su lado, y la abrazó con trasporte.