—¡Ya estamos solos y tranquilos! ¡Qué placer tan grande!
La generala le apartó suavemente, y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
—¿No estás contenta a mi lado, Lucía?—preguntó, mientras le acariciaba con ternura una mano.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te tengo miedo: porque eres un loco... y yo otra loca—añadió con amargura.
—El amor, ¡qué es más que una locura sublime!—exclamó sentenciosamente Miguel, tratando de enlazarla de nuevo con sus brazos.
—Por lo mismo que es sublime, no debemos degradarla... Seamos fuertes con nosotros mismos... atrincherémonos detrás de nuestras ideas elevadas, y defendámonos de las groserías de la pasión...
—¡Qué alma tan grande tienes!... Eres muy hermosa, Lucía... ¡Te amo! ¡te amo!... ¡te, adoro!...
—Ámame, sí; pero ámame con un amor ideal, digno de ti y de mí... No me humilles, por Dios, no me bajes hasta el suelo, ya que tu amor me coloca en un sitio elevado... Te lo anuncio, Miguel..., no tardarás en despreciarme...