Y al proferir tales palabras, caían otra vez algunas lágrimas de sus ojos; Miguel protestó contra esta suposición; sostuvo el idealismo de su amor, cubriéndola de vivos y apasionados besos. Lucía se dejaba acariciar con resignación.
El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno de perfumes penetrantes; contiguo a él, separada por columnas doradas de madera y por una cortina de damasco azul, estaba la alcoba. Por entre los pliegues de la cortina se veía un gran lecho matrimonial de palo santo, y cerca de él otro pequeñito de niño: la estancia, esclarecida débilmente por una lámpara veladora de bomba esmerilada que pendía del techo.
—Calla—dijo la generala suspendiendo el aliento e inclinando la cabeza hacia la alcoba,—creo que despierta mi Chuchú.
En efecto, el más pequeño de sus hijos, que dormía en la alcoba, había dado un leve gemido, al cual siguió otro más fuerte. Lucía corrió a allá para que no se alborotase.
—Calla, Chuchú, calla, que aquí estoy yo.
El niño no hizo caso.
—Si no callas, el hombre de las narices grandes vendrá a buscarte y te llevará.
—¡Quero Ía!—clamó el niño: Ía era la doncella, que se llamaba María.
—No, monín, no; duerme.
—¡Quero Ía!