—No grites... mira que va a venir el hombre feo.

¡Quero Ía!

—¡No grites, chiquillo!... Pronto vendrá María... Mañana te mando a dormir con las niñas.

¡Quero Ía!

—¡Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, duérmete: si te duermes, te compraré un caballo para que vayas al Retiro montado como tu amiguito Julián... y después te llevo al Circo a ver los clowns... ¿no te acuerdas de los saltos que dan? ¡Qué saltos tan grandes sobre el caballo! ¿eh?... Y la niña rubia que se sube al trapecio, ¡qué bonita!, ¿eh?... Y después vamos a casa de Julianito, y comerás dulces... y otro día iremos a Leganés a ver a la tía Adelaida para que te regale el pajarito de cristal que canta dándole cuerda... y lo traeremos para casa, ¿verdad?... ¿No te gusta?

El niño, que había suspendido el llanto para escuchar a su madre, cuando ésta terminó el repertorio de promesas, volvió a gritar:

¡Quero Ía!

No fue posible por ningún medio hacerle desistir de su empeño.

La generala estaba furiosa.

—¿Pero qué edad tiene el niño?—preguntó en voz baja Miguel, que se había aproximado silenciosamente a la alcoba.