—Oyes, chico, ¿cómo tienes aquí a este niño medio helado? ¿por qué no os vais a casa?—dijo encarándose con el mayor.
Éste, que tendría seis o siete años de edad, levantó hacia él sus ojos grandes y hermosos, en torno de los cuales se dibujaba un círculo azulado, y balbució algunas palabras que no pudo entender.
—¿Qué dices, querido?—manifestó Miguel en tono afectuoso y bajando la cabeza para oírle mejor.
—No tenemos más que tres reales—murmuró sin aliento el niño.
—¿Y qué importa eso?
—Tenemos que llevar cinco.
—¡Ah!—exclamó comprendiendo lo que aquello significaba.—Y si no los lleváis os pegan, ¿verdad?
El chico bajó los ojos y la cabeza en señal afirmativa.
—¿Tenéis padres?
—Madre.