—¿Y es la que os manda a las calles a estas horas?

—Sí, señor.

—¡Excelente persona!—dijo por lo bajo; y sacando unas pesetas del bolsillo:

—Toma; marchaos ahora mismo a casa.

El niño fue a levantarse, pero no pudo; su hermanito se lo estorbaba.

—Levanta, Rafaelito.

El chiquitín no se movía.

—¡Levanta, Rafaelito!

Miguel lo cogió entre los brazos y lo puso en pie; pero al ver que no se tenía, exclamó en alta voz:

—¡Este niño está yerto! ¡Qué atrocidad!