—¿Cuánto es esto?—dijo Miguel a un mozo, llevando la mano al bolsillo.

El dueño del café, que había oído la pregunta, se apresuró a decirle, sujetándole el brazo:

—Caballero, yo no cobro las limosnas.

Miguel no insistió.

—Dios se lo pagará a V., D. Ramón—le dijo Hojeda apretándole efusivamente la mano.

Y salieron a la calle llevando por delante a los niños, los cuales iban brincando como cervatillos por la acera.

—¡Eh chis chis!—gritó el boticario llamándolos.—¿En qué calle vivís?

—En la calle del Tribulete—contestó el mayor.

—¿Qué número?

Los chicos se miraron uno a otro con sorpresa y quedaron silenciosos.