—¿No lo sabéis? Está bien. ¿Pero sabréis ir a casa?
—¡Ah, sí señor!
—Bueno: ahí en la esquina tomaremos un coche, ¿no le parece a V., D. Facundo?—manifestó Miguel.
—Cómo quieras, Miguelito.
Tomaron un simón en la plaza de Santa Ana, dando orden al cochero de que parase en la esquina de la calle del Tribulete. Los chicos, que se habían sentado en la bigotera de la berlina, iban tan sorprendidos y gozosos, que costó gran trabajo hacerles contestar a ciertas preguntas. Mientras D. Facundo interrogaba al mayor con extremada habilidad para enterarse pronto de lo que necesitaba saber, Miguel hablaba con el chiquitín.
—¿No os habrán dado hoy de cenar?
—No—dijo el niño moviendo la cabeza a un lado y a otro.
—¿Y habéis comido por la mañana?
—Sí.
—¿Y qué habéis comido?