El pedazo de cara que la enorme bufanda del boticario dejaba al descubierto, se coloreó fuertemente.

—¿Yo?... ¡ca hombre! no... ¡qué tontería!... de ningún modo... no lo creas...—comenzó a balbucir torpemente como un hombre cogido infraganti de algún delito.

—Lo que está a la vista no se puede negar—dijo Miguel sonriendo.

Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes; después, parándose de pronto y cogiendo a nuestro joven por el brazo con mucho aparato de misterio, y esforzándose por dar a su voz y a sus ojos la mayor expresión posible de severidad, le dijo:

—¿Sabes, Miguelito, por qué hago yo todas estas cosas?

—¿Por qué?

El boticario le estuvo mirando algunos segundos con extraordinaria dureza; después exclamó:

—¡Por egoísmo!

Y soltándole el brazo, dio rápidamente unos cuantos pasos dejándole atrás.

—¿Cómo? ¿cómo?—dijo Miguel todo asombrado.