El boticario sin volverse, pero haciendo un ademán expresivo con el brazo, volvió a exclamar con más fuerza:
—¡Por puro egoísmo!
—¿Cómo es eso, D. Facundo?—preguntó avanzando hasta colocarse a su lado.
—Te lo explicaré en seguida—repuso Hojeda en tono confidencial, parándose otra vez y otra vez cogiéndole por la manga del gabán.—Yo no tengo familia, como tú sabes; no soy aficionado al estudio, porque comprendo que aunque me haga pedazos los cascos nunca pasaré de cierto límite: tampoco me gustan los juegos, pues el billar lo tomo solamente como un medio de hacer ejercicio: los teatros no los piso jamás; entre los espectáculos públicos únicamente me gustan...
—Los toros, ya sé.
—Es mi único vicio... pero no los hay más que en la primavera y una vez por semana, aparte de algunas corridas extraordinarias. La botica no me ocupa ningún tiempo, porque tengo al frente de ella a un pobre muchacho que acaba de hacerse farmacéutico y al cual se la pienso dejar cuando me muera... Si no me voy a los sermones y no me entretengo en proteger a algunos pobrecillos, ¿qué quieres que haga yo de mí?... ¿No comprendes que me moriría de aburrimiento?
—Sin embargo, los actos en sí no dejan de tener mérito.
—¡Ninguno, hombre, ninguno!—repuso con energía.—Mira: te lo explicaré mejor. Yo, cuando subo a casa de un pobre y me entero de su vida, y le socorro y le aconsejo; cuando doy vueltas por Madrid buscándole alguna colocación, estoy entretenidísimo, tanto como cualquier señorito en los bailes de Montijo, con la diferencia de que mientras él llega a casa al amanecer, hastiado, ojeroso y mustio, yo me acuesto tranquilito a las doce, y si he hallado empleo para mi hombre, me duermo más contento que el Rey de Prusia, y si no lo he hallado, me levanto por la mañana con ánimos para revolver todo Madrid... Dime tú ahora, ¿quién entiende mejor la vida, él o yo? ¿Quién es aquí el egoísta?... Voy a ponerte otro ejemplo. Acabas de pasar una hora conmigo desde que nos hemos encontrado en la calle del Príncipe. Quiero que me digas con sinceridad si en esta hora te has aburrido...
—No sólo no me he aburrido, sino que he pasado uno de los ratos más felices de mi vida.
—¿Lo ves? ¿Qué mérito tiene entonces lo que hemos hecho? Lejos de juzgarnos dignos de admiración, somos dignos de envidia por lo que hemos disfrutado...